viernes 10 de julio de 2009

Hoy quiero un poema.

Hoy tengo ganas de escribir un poema.
Un poema sin métrica ni rima,
sin metáforas cursis o profundas.
un poema sin titulo,
sin amores de antaño,
sin nostalgias de anoche,
sin reproches ni quejas.

Hoy quiero un poema.
Sólo un simple poema
que conteste las tantas y profundas cosas
que me estoy preguntando,
las pequeñas cosas que no entiendo
y hasta aquellas que no quiero entender.

Hoy tengo ganas de escribir un poema
que borre del todo mi nefasto pasado,
que me explique algo de mi mismo.
que me niegue el ser inelegante
y me envuelva de toda sensatez.

Hoy quiero un poema que me salve,
una estrofa que me arrulle,
un verso que me niegue.

Hoy quiero un poema que me enseñe a conocerte
que descifre tu enigma indescifrable
que viole las fronteras de tu mente
que penetre tan profundo como pueda
y te diga en un tierno susurro:

Que mi amor no es capricho
ni una lucha de poderes
ni una apuesta a no ceder
ni un no dar, por no ser menos
ni un dar de menos, por ser más.

Que mi amor no porta dudas
ni fatigas
ni cansancios
ni reproches
ni reclamos

Que mi amor no está necesitado
de oxigeno
de espacio
de descanso
ni de soledades provocadas.


Hoy sólo quiero un poema
Que en mi noche de insomnio
me lleve hasta ti.

martes 7 de julio de 2009

Los 3 básicos de un blogger.


Autora: Mónica Calero.



Paseando por el mundo de los blogs (y vaya que llevo tiempo haciéndolo) me he dado cuenta que muchos “bloggers” tienen la apremiante necesidad de ser leídos, comentados y hasta premiados. Vamos hombre, por algo se metieron en esto; pero a veces su deseo de ser reconocidos sobrepasa cualquier conducta normal. El mero hecho de escribir, desahogar su estilo literario en un blog o simplemente colgar recetas de cocina, no les es suficiente. No, buscan a toda costa lectores, el aplauso verbal de éstos plasmados en comentarios y, el grado máximo, colocar en la pantalla principal una medalla (eso sí, bien grandota, que se vea) que indique que su blog es el mejor en su categoría.A continuación, algunas características básicas (y típicas) con las que cuentan estos blogs y sus respectivos dueños. Y si no me cree, abra un blog, siga estas instrucciones y verá como en 3 meses -me corto un brazo- usted se convierte en el blog más visitado, más comentado y más premiado. Aunque no sepa de literatura, tenga una ortografía y redacción pésimas o no sepa escribir, no importa:


1.- De cómo hacer para que su blog sea leído:


1.1. Busque lectores en todos los rincones del planeta. No hay límites de espacio ni tiempo, ni se fije en razas ni estatus social. Vaya a la carnicería y dígale al despachador que usted es escritor y que tiene un blog donde él podrá adentrarse en la cultura literaria y -dicho sea de paso- aprender. Anótele en la tabla de picar carne su dirección del blog y platíquele un poco sobre su estilo literario.


1.2. Si usted asistirá a una reunión en donde el 80% de los invitados no le conoce, asegúrese de mandar a hacer unos días antes unas tarjetas de presentación con su nombre y -por supuesto- su dirección del blog. Una vez que haya llegado a la reunión, pasee por todos los grupos entregando a cada persona dicha tarjeta. En caso de no hacer esto, puede comprar un paquete de 500 servilletas en el supermercado e ir escribiendo en ellas sus datos. Lo importante es asegurarse que ningún invitado se vaya sin saber que usted es escritor y que tiene un blog donde vierte toda su “genialidad literaria”.


1.3. Utilice la técnica de los Alcohólicos Anónimos. Si alguien le pregunta su nombre, conteste: “Mi nombre es Omar y soy escritor”. Aproveche la oportunidad para platicarle sobre sus escritos y de cada tema que salga en la plática, apóyelo con un “Yo tengo un escrito sobre ese tema” o bien “Alguna vez escribí sobre eso, dame tu mail que te mando el escrito o, mejor, métete a mi blog http://elegolatradesesperao.blogspopó.com/”.


1.4 En su blog, hable de lo mal que le ha ido en el amor, las veces que se ha caído por pisar una cáscara de plátano en la calle, de cómo se ha pescado una neumonía por haber estado debajo de un aguacero, etc. Esto, junto con 4 horas diarias de búsqueda y lectura en el ciber espacio bloguero, atraerá lectores como moscas a la luz. Claro está que esto último requiere de constancia. Necesita leer otros blogs y requerirá de tiempo para comentar también lo que lea; no piense que es un precio alto, al contrario, redituará en las visitas a su blog.


1.5 Adule al lector. Una vez al mes, postee un texto agradeciendo a los lectores su tiempo, lo guapos y lindos que son, lo bien que escriben y lo feliz que te hacen sus comentarios (aunque estos sólo sean unos escuetos “Qué bonito, me gustó”.


2.- De cómo hacer para que su blog sea comentado:


2.1 Si hay que llegar a 40 comentarios, asegúrese de que 20 de ellos sean suyos, donde se respete la regla número 1.5 que es piropear a los que te adulan y borrar todo aquél comentario que no esté al 100% de acuerdo. Para eso eres el mejor, siéntelo a fondo.


2.2 Utilice la ley del mínimo esfuerzo, que es clave en su progreso como bloguero estrella. Céntrese en temas tan poco utilizados, re-lamidos y archi-usados como la protección de la naturaleza, la reivindicación de derechos y de todo lo reivindicable, la política, y únase a todas las causas benéficas que encuentre (apuntarse es gratis) sin olvidar los deportes. Con todo eso, estadísticamente asegura que acudirán a la cita simpatizantes hippies modernistas, naturistas y ecologistas frustrados, que no tenían donde caerse muertos y demás energías humanas perdidas que no tenían hueco donde soltarse. Ahí está usted para ofrecérselo. De la misma manera, puede comentar que está en contra de la anorexia y la bulimia, de las drogas y del machismo, que hay nada más que casos aislados como el suyo, seguro. ¡Este es un puntazo, querido lector! Créame, ya que las estadísticas de nuevo jugarán a su favor, aportándole decenas de comentarios de gordas buscando refugio y justificación a sus adicciones chocolateras, hombres activistas y amantes de la belleza interna y un sinfín de protestas similares a la suya, en rechazo absoluto y contundente por todas esas vergüenzas de la humanidad.


2.3 La empatía con sus lectores es importante. Si usted vierte toda su genialidad literaria en el blog dedicándose pura y exclusivamente a hablar de usted y de lo tanto que desea -perdón, le “ayudan a crecer como escritor”- los comentarios y críticas, verá como al final de cada texto tendrá 45 comentarios como:- A mí también me ha pasado.- ¿Sí? ¿En serio? ¡Pobrecito!- Qué fueeeeerrrrrrrrrrrte, el mundo es un pañuelo, yo también me he constipado intestinalmente.


-Yo también, pero a mí me dejó el novio. Es más, tuve una depresión…todo el día en el lavabo sacando por arriba y por abajo.- ¡Que va! Lo mío sí que es peor, no sabes lo que es sufrir- Pobrecito aaaaay con lo monísimo que eres y te hicieron eso. ¡Qué gente!- Yo lloré, nunca pensé que iba a salir de ese círculo de tragedias y hecatombes…Y paro de contar.


2.4 Coloque en cada uno de sus posts una Post Data que mente: Agradezco de antemano los comentarios a este escrito. Gracias por tus palabras y tu tiempo de lectura. De esta forma, el lector (aunque tenga hueva) se sentirá obligado a regresar el halago con un comentario y ¡Voila! Cumplirá su cuota.


3.- De cómo hacer que su blog sea premiado:


3.1 (Y única) ¡Hombre! Es muy sencillo, fíjese. Tiene dos opciones: Nominarse en cuántas páginas blogueras existan para tal efecto (el de la premiación) sabiendo de antemano que el proceso de selección es muy rígido y que cabe la grandísima posibilidad de que su blog quede en el lugar número 762; o bien, si no quiere verse sometido a tal frustración, dele un copy & paste a las imágenes que encuentre en Google, colóquelas en la barra de navegación de su blog e invente que ganó el primer lugar (o el segundo, para no verse tan ególatra) de un concurso cuyo nombre también puede inventar. Para eso es usted escritor y goza de una imaginación infinita ¡Aprovéchela para inventar!

Espero que estos consejos hayan sido de utilidad. Ánimo y suerte.


Post Data: No se moleste en comentar este escrito pues, cómo se habrá dado cuenta, el ego es lo que menos le importa a la que suscribe.

lunes 6 de julio de 2009

El teorema de la basura


I


Ya era la tercera noche que se me repetía el mismo sueño recurrente. Una tras otra, aparecían las mismas imágenes que invadían mi ego. Una mujer elegantemente vestida, se acercaba a un atestado contenedor de basura y después de mirar a su alrededor y percatarse que nadie la veía, recogía una bolsa y me sacaba de su interior. Sacudía mi ropa y después de limpiar mi rostro con un trapo mojado, exclamaba: “Mi amor, por fin te encontré.” Ya no podía más. Era algo desesperante, por lo que a la mañana siguiente salí corriendo a ver a mi terapeuta.

II


Después de echarle todo el rollo que me barrenaba desde lo más profundo de mi ser, mi terapeuta rompió en una escandalosa y burlona carcajada, que les juro que estuve a milésimas de segundo de mandarla al mismísimo carajo.

― No te molestes hombre… ― me dijo después de contener el ataque de risa y volver a su seriedad acostumbrada. ― Me rio no por lo que te ha pasado, sino porque ustedes los hombres, que alardean de ser buenos conocedores del mundo femenino, cada día me muestran más que están muy lejos de poder entender nuestros mensajes. Tú sueñas que una mujer te está sacando de un contenedor de basura, y yo te aseguro que en la vida real, ella fue la que te puso justamente ahí… en ese contenedor.

― No te entiendo.
― Mira es muy sencillo, existe todo un tratado, muy bien llamado, teorema de la Basura. Eso es justamente lo que te está pasando a ti. Pero antes de explicártelo, quiero que me digas la verdad… de toda esa historia amorosa que acabas de contarme y de tus sueños recurrentes, ¿Qué piensas tú?

― Bueno, la verdad pienso un vendaval de cosas. ― contesté tomando pose de “intelectualoide” experto en el tema. ― Pero lo que más me barrena mi grande cabezota, es el porqué tienen que callar las cosas y actuar para darte entender todo un cúmulo de pretextos para al final decirte que lo que quieren es terminar la relación. ¿Por qué no fue sincera y lo dijo de forma directa? ― La vi como anotaba en su hoja de trabajo y levantaba la vista repetidamente para verme a los ojos.

― ¿Qué otra cosa piensas?

― Pienso que tiene mucho miedo a entregarse.

― ¿Crees que en realidad quiera entregarse? ― me preguntó con tono inquisidor. ― Ahí es donde ustedes los hombres se equivocan con relativa facilidad. ¿Por qué se empeñan en suponer lo que ustedes creen que es, sin estar seguros de que realmente sea así? ¿Tú has terminado alguna vez una relación?

― Sí, varias veces.

― ¿Y por qué las terminas? No me vayas a decir que por incompatibilidad de caracteres. Generalmente lo haces porque ya esa persona no te gusta. Y punto.

― No, no tienes toda la razón. Yo he terminado relaciones en las que veía que me podía enamorar y me aterraba y salía corriendo. ¿Podrías suponer que a ella le pasa lo mismo?

― No, porque la gran diferencia entre ella y tú es que ella es mujer y siento decirte que las mujeres sabemos manejar esas situaciones y ustedes no. Ustedes siendo casados, no cuidan el entregarse a una relación sin involucrar sentimientos. Ahí se lanzan, hablan, prometen, y hasta empiezan a decir muchas cosas que los comprometen y peor aún, muchas veces espantan. A una mujer casada, no se le ocurriría decirte jamás que te ama, a no ser que quiera que tú seas el príncipe salvador que la saques del castillo y la liberes del ogro con el que se encuentra esposada. Eso se da más en los niveles sociales bajos. Donde la mujer no tiene nada que perder, más que someterse al juicio de una inquisidora falsa moral, pero… simplemente cambia una relación por otra con la intensión de ganar, de mejorar y de recibir lo que quiere recibir. Pero cuando tienes a una mujer que depende económicamente de un marido rico y con poder, no esperes que escuche tus promesas, porque ella jamás va a renunciar a lo que tiene por lanzarse a los brazos de un desconocido, que sólo sirve para tapar huecos en su inestable vida sexual. A no ser que tú seas otro poderoso que supere a su marido. Pero temo decir que ni aún así, muchas dan el paso de cambiar a uno por otro. Una mujer de esa estirpe, sacia sus deseos, no busca relaciones estables. Llena huecos que eliminan un problema instantáneo, pero que no extirpa de raíz las causas que provocan su infelicidad. Una mujer de su naturaleza ya se acostumbró a vivir en su desdicha amorosa, pero vive plena en su fantástico mundo de mujer de sociedad, en donde importa más estar en la élite siendo desdichada en el amor, que caer al vacío de una soledad perpetua por alcanzar la dicha.

― Entonces… ¿qué crees que va a pasar?

― Nada importante. Tú acabas de entrar a otro nivel para sus aspiraciones. Tú has pasado a ser una bolsa más de su colección de basura.

― ¿Qué?

― Claro. Y me atrevo a hacer contigo una apuesta. Nada más quiero pedirte que no te me vayas a ofender por esa categoría en la que acabo de meterte. Simplemente eres una basura que ella ha decidido desechar.

― No me ofendo… pero dime, ¿Cuál es la apuesta?

― Que no tardará mucho el tiempo en el que ella te llame para que vuelvas a saciar su abstinencia sexual. Es un paso natural. Ella querrá recurrir a la basura que dejó instantáneamente olvidada.

― ¿Y crees que con lo orgullosa que es, quiera recoger otra vez eso que has llamado basura?

― ¡Qué ingenuo eres amigo! Tú pasaste a ser una basura, pero no te equivoques, no eres una basura cualquiera, tú eres su basura. Claro que ella la puede recoger cuando quiera. Ella la tiró y aunque lo haya hecho, siente ese sentimiento de pertenencia. Su basura es su basura y de nadie más. Es más, si te vistes de hombre y te amarras bien tus genitales, y la desprecias, no le haces caso, la ignoras y sí se te ocurre andar con otra y ella se entera, verás que reacción tendrá. Ahí su orgullo se la va a devorar… ¿Cómo es posible que otra quiera recoger la basura que ella desechó? No, eso no lo permitirá. No se te olvide, tú eres de ella aunque te haya puesto en el basurero.

― ¿Cómo puedes decirme todo eso?

― Porque además de ser mi paciente, eres mi amigo. Una vez que supuestamente estés curado ella hará uso de su prepotencia y su orgullo y te llamará por el sentimiento de culpa de haberte destrozado y con el pretexto de ver como te sientes. No porque sienta compasión. Sino para comprobar si estás curado y con ello volver a usar su basura. Si no lo estás, ella no se acercará jamás a ti, por temor a caer de nuevo en una relación que ponga en peligro su estabilidad matrimonial. Pero aún así, no lo olvides, tú seguirás siendo su basura y si no te pones trucho, ella te usará cuando se le pegue la gana.

III


Tres semanas después…

― Quiero que beses el interior de mi vientre. ― me dijo mientras deslizaba sus pies sobre la cama elevando sus rodillas al tiempo que abría lentamente sus piernas. ― ¿Crees que puedas hacerlo?

― Trataré ― respondí sonriente.

Me incliné y apoyando mis rodillas en la cama fui a gatas hasta acercar el rostro a su entrepierna. Su cuerpo temblaba, y su olor a hembra provocó el clic perfecto para que mi cerebro y mi sexo se interconectaran. No sólo le besé el interior de su vientre, sino que extraje le extraje todo el néctar que en bruto reposaba olvidado en su abstinencia. Toda esa basura que guardaba en años y años de intento, rebasó los límites de su cordura y la hizo estallar en divinos orgasmos que poco a poco la convirtieron en una mujer desconocida. Ahora las promesas, las cosas comprometedoras y las insensateces salían de su boca.

Cerré mis ojos y un enorme suspiro escapó de mi interior. Me sentía pleno, feliz, realizado… pero no pude evitar chocar con aquellas imágenes que invadían mi ego. De nuevo estaba ahí aquella mujer elegantemente vestida, que misteriosamente se acercaba al contenedor y después de todo el rito que hacía para sacarme de ese espantoso basurero, exclamaba. “Mi amor, por fin te encontré”. El susto me hizo abrir los ojos y ante el asombro de aquella despampanante mujer que aún gemía agitada reposando sobre las finas sabanas blancas de aquel hotel de lujo, me puse de pie, me vestí y salí de la habitación derramando todo el hollín que pudiera recordarme, que yo era un ejemplo vivo del Teorema de la Basura.

viernes 3 de julio de 2009

Una pequeña rutina


Myla Sherkova se mostraba preocupada. El momento justo del comienzo estaba a punto de llegar. Miró el reloj. Tres, dos, un segundo. ¡Ya!

Se puso de pie y se encaminó a su recámara. Abrió la puerta y de inmediato observó todo lo que su campo visual le permitía. Suspiró. No había nadie. Cerró la puerta y por un instante se sintió libre. Ya estaba a salvo, aunque esa sensación duró muy poco. Comenzó a caminar por toda la habitación. Sus movimientos eran rápidos y muy bien estudiados.

― No podrán. De seguro que no. No se los permitiré

Y mientras hablaba colocaba una cinta adhesiva alrededor de toda la ventana para tapar cada una de las rendijas aunque estas fueran casi microscópicas. Luego fue al closet, lo revisó, tomó una bata transparente que se colocó sobre sus hombros cuidando no arrugarla y lo cerró. Después corrió a mirar debajo de la cama y de ahí revisó el interior de cada mesita de noche.

― ¡Estúpidos!… hay que tener muy poca vergüenza. Son unos corruptos perversos. Degenerados. Esto no se le hace a una mujer. ― gritaba mientras colocaba pedazos de plastilina en todas las cerraduras de las puertas que había en la habitación.

De ahí corrió hacia el biombo, se escondió detrás de el y asomando la cabeza sobre éste, recorrió con la vista por segunda vez toda la habitación. Se quitó la ropa y se puso su bata transparente, y salió corriendo al baño interior de la recámara. Otra vez los mismos movimientos. Se paró en la puerta y miró hacia atrás. Nada. Suspiró y rápidamente entró al baño cerrándolo bruscamente de un portazo. Ya dentro, podía verse la impecable limpieza y organización. Cinco toallas pequeñas perfectamente dobladas, reposaban sobre una barra de acero inoxidable de casi un metro y medio de largo. Tomó la primera y la extendió sobre el espejo. No quería que su propia imagen la observara. La segunda la colocó de manera tal que colgara alrededor de la regadera y tapara los agujeros por donde salía el agua. Con la tercera cubrió la parte superior del WC. La cuarta le sirvió de cortina en una pequeña ventana que daba al patio de la casa y con la quinta taponeó el agujero del lavamanos.

Ya era el momento. No había peligro. Sin quitarse la bata transparente abrió la regadera, se metió a bañar y transcurrieron los quince minutos más largos de su vida. El chorro muy difuso por la toalla que colgaba de la regadera, le retardaba mucho que la enjabonadura se quitara de su larga cabellera y de su ropaje ya totalmente mojado. Pero para Myla era una tarea que no le resultaba nada complicada y era el único evento del día en la que mostraba su casi inexistente paciencia.

Terminó de enjuagarse y con movimiento felino salió de la regadera y tomó el ropón rojo escarlata hecho de felpa que colgaba en la puerta. Miró para todos los lados y rápidamente se deshizo de la bata mojada y se puso la seca sin ni tan siquiera secarse. Se la amarró de la cintura y fue entonces que tomó su toalla de rayas rojas y amarillas y comenzó a cercarse el cabello. Luego retiró una a una, cada una de las pequeñas toallas que había colocado en sus lugares estratégicos. Primero la de la ventana, después la del lavamanos, luego la del WC seguida de la del espejo y por último la que aún chorreaba agua de la regadera, la exprimió y la metió al cesto de la ropa sucia. Las demás las dobló cuidadosamente y las colocó donde mismo las había tomado.

Salió del baño y retiró la plastilina que había colocado en todas las cerraduras. Quitó la cinta adhesiva que rodeaba la ventana y la abrió. Luego abrió la puerta de la recámara y salió corriendo al teléfono. Marcó un número familiar para ella y apretó el altavoz.

Al cuarto timbrazo una dulce voz femenina se escuchó.
― Consultorio de la Doctora Pavlova.
― Doctora, soy yo, Myla. ¡Otra vez lo logré! Hoy nadie pudo verme mientras me bañaba. No quedó un agujero destapado. ― Y sin esperar respuesta, colgó el teléfono.

miércoles 1 de julio de 2009

El Big Bang



A un amigo entrañable.
Un Amigo nunca te dice
lo que Tú quieres escuchar,
te dice la verdad
y lo que es mejor para ti.

De haberme dado cuenta a tiempo, mi vida no se hubiera convertido en un autentico Big Bang. Sí, así fue y así ocurrió. Una big explosión en un punto en donde antes no existía nada más que la ausencia. No había ni tiempo, ni espacio, ni luz, ni aire. Créanme yo estuve allí, antes, durante y después de que ocurrió el Big Bang. En el núcleo. Yo era el centro del universo. Una nada absoluta, de la cual salió un estrepitoso ruido y justo ahí, empezó a correr el tiempo y ese punto obscuro se tornó blanco, denso, brillante, a una temperatura incalculablemente alta, y comenzó a expandirse en el espacio. Les juro que tuve una sensación muy extraña. Sin saber cómo, empecé a estirarme como una varilla. Mis ojos se agruparon al centro de mi rostro convirtiéndose en uno solo. Mis piernas se fundieron y tomaron forma de punta. Parecía una aguja que surcaba el espacio recién nacido, el cual, ya comenzaba a tornarse contradictorio. En donde no había nada, ahora aparecía cuanta cosa rara pudiera existir, provocándome efectos nunca experimentados.

Artefactos de cinco puntas fluían en todas direcciones dejando una estela de vapor a su paso y produciendo un agujero obscuro y tenebroso en el punto del cual salían. Sí, agujeros negros de donde emanaban cantidades abismales de energía, estirando el tiempo y paradójicamente acortándome la vida.

Grandes esferas multicolores envueltas en una manta lechosa se desprendieron del antiguo punto que a cada segundo, seguía creciendo de igual manera a como se infla un globo. Me dieron deseos de pincharlas, pero iban a más velocidad que yo. Hasta ahí, parecía que todo iba bien. Yo viajaba en línea recta, sin rumbo, sin metas y sin chocar, aunque ya el ruido que provenía de cualquier lugar, me resultaba insoportable. El silbido del viento que fluía en sentido contrario a mí, superaba el umbral de lo supersónico.

Sentí mucha confusión mientras me expandía, mezclada con una depresión espantosa. Perdí el sueño, me torné ansioso y una paranoia total se apoderó de mí. Mis músculos se volvieron tensos, apreté los dientes, sentí mareos, mi vista se nublaba por momentos y mis ojos se movían aceleradamente. Mi corazón latía a ritmos nunca vistos y un océano de escalofríos fluía en lo que antes era un cuerpo normal. Aceleré para ver si esto me hacía sentir mejor, pero mientras más aumentaba mi velocidad, más lenta corría mí vida.

Una segunda explosión, pero esta vez dentro de mi organismo, me hizo temblar, pero ahora era de miedo. Sentí que mis fuerzas se perdían. Sólo distinguí un círculo borroso que muy a lo lejos se iluminaba por momentos. Era evidente que estaba entrando al túnel. Ese místico túnel que señala el límite entre la vida y la muerte. Perdí el conocimiento y pude percibir que todo en mi se apagó. Me movía por inercia y poco a poco toda mi energía se fue disipando hasta que me detuve.
Pasé largas horas en ese estado, hasta que el tiempo volvió a fluir a ritmos normales y la aguja en la que me había convertido ahora servía para cocer mis heridas. Heridas del alma. Heridas que no sanan fácilmente.

Mi big explosión ocurrió justamente aquel día en que probé el éxtasis y lo adopté como algo sin lo cual no podía vivir. Y con ello, empecé a expandirme como lo hizo el universo. Por suerte me alcanzó el tiempo para colgarme de la oscilación de retroceso y volver al punto de partida. Fue un retorno que fue casi eterno, pero regresé. Hoy ya estoy recuperado, pero les juro que yo estuve allí cuando el ocurrió el Big Bang.

OCTUBRE 2006 © Derechos reservados. Cuento registrado bajo las leyes del derecho de autor y propiedad intelectual. Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la debida autorización de su autor.

lunes 29 de junio de 2009

El Retorno Eterno.

I

Todavía recuerdo aquel día como si fuera hoy. Cursaba el último año de la carrera y el Dr. Roberto Bocaza ― al que burlonamente lo apodábamos “Nietzsche” por sus constantes referencias al filósofo alemán ― comenzaba a impartir una conferencia de Filosofía.

― Hoy vamos a hablar de la teoría del Retorno Eterno. ― dijo carraspeando la garganta como era característico en él.

Todos nos miramos esperando lo que siempre venía después del carraspeo. El enigmático doctor señalaba a un alumno al azar y lo paraba frente a los demás estudiantes. Ese día me tocó a mí.

― Usted, póngase de píe. ― me ordenó en un tono poco amigable. ― He oído que eres de esos estudiantes que le gusta poner apodos a sus profesores. Espero que su brillantez no sea sólo para reírse de los demás y conteste usted a mi pregunta comportándose a la altura de un verdadero estudiante de física.

Mis compañeros estallaron en una risa tan contagiosa que hasta el propio doctor tuvo que sonreír. Luego volvió a carraspear la garganta y en tono retador y con ganas de humillarme ante todos, preguntó:
― ¿Puede usted explicarme en que se basa la teoría del Retorno Eterno?

Para sorpresa de los presentes, contesté de inmediato sin hacer el más mínimo asomo de algún titubeo.

― Doctor, el Retorno Eterno es algo complicado, ¿Me entiende? Es una forma de concebir el tiempo de manera circular… no sé si me explico, pero, es decir… ― hice una pausa cuando vi que en el rostro de Bocaza se dibujaba una mueca de contrariedad al ver que yo lo estaba haciendo como él no se lo esperaba.―… es algo así como que todo se repetirá de igual forma a como ya ocurrió, en el mismo orden, en la misma sucesión... ¿si me explico? Y usted, yo, y toda esta bola de sorprendidos que están aquí a mi alrededor, estaremos una y otra vez y hasta ese mismísimo hoyo que tiene usted en su pantalón... ¿Usted me entiende?― me detuve creyendo que me iba a regañar, pero para mi sorpresa, su rostro iluminó toda la sala de conferencias con un gesto de satisfacción.

― Claro que lo entiendo… y no salgo de mi sorpresa. La verdad que ni por un segundo imaginé que supiera usted algo acerca del Retorno Eterno… Lo felicito, pero ¿Me puede decir donde ha leído sobre esta teoría? ― inquirió volviendo a su tono inquisidor.

― Yo, yo no he leído nada al respecto ― le respondí tembloroso ― yo simplemente lo recuerdo como si fuera hoy… Hace millones de años, en el Big Bang anterior, mientras el universo todavía se expandía estábamos justamente aquí. Usted daba esta misma conferencia y como lo ha hecho ahora, me seleccionó a mí para que hablara… como siempre quería humillar a alguien y restregarnos en la cara que no sabemos nada. Pero por segunda vez se ha llevado una gran sorpresa.

El doctor Roberto Bocaza se puso en extremo serio. Contrajo el rostro y su piel cuarteada y llena de pecas, cambió a un color rojizo oscuro. Parecía que del coraje, su presión arterial había sobrepasado los límites normales.

― Estimado alumno, sin dudas, su negro sentido del humor sobrepasa mi tolerancia y mi escasa paciencia parece llegar al umbral de lo permisible. Pero voy a demostrarle que ni su eterna falta de respeto, ni su insolencia, harán flaquear mi inteligencia y ahora le prometo ante todos, que si usted no demuestra con hechos lo que acaba decir, dese por reprobado en mi materia y créame que no le será fácil graduarse en esta universidad. ― Mostró una sonrisa sarcástica y carraspeando su garganta, atacó con todas las fuerzas posibles para hacerme quedar en ridículo. - En el supuesto caso de que todo lo que dices sea cierto, ¿Me puede decir que va a suceder ahora?

Sus palabras no me impresionaron y creo que internamente eso le molestaba más que mi supuesta insolencia.

― Ahora… ― cerré los ojos y mi mente voló a velocidades inigualables. Sacudí mi cabeza y después de sentir una sacudida que recorrió todo mi cuerpo lo miré fijamente. ― Creo que trae usted un fragmento de un texto que si mal no recuerdo se llama “La carga más pesada” en donde Nietzsche en un diálogo consigo mismo, se auto declama algo que pone al descubierto su eterno capricho al retorno.

Como un autómata, Bocaza sacó de entre sus tantos papeles el escrito que yo le había mencionado y empezó a leer…

«"Vamos a suponer que cierto día o cierta noche un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera: Esta vida tal como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aún innumerables veces; y se te repetirá cada dolor, cada placer y cada pensamiento, cada suspiro y todo lo indeciblemente grande y pequeño de la vida".» ― se detuvo bruscamente y abrió su enorme boca en señal de asombro, pero haciendo gala de su gran inteligencia reaccionó apaciblemente.

― Esto tampoco me convence. Usted pudo haber visto mis apuntes y saber que yo leería esta cita.

― Es cierto, pero no puedo haber planeado… ― miré mi reloj y con gran serenidad señalé ―… que dentro de treinta segundos, se asomará por esa puerta su esposa, saludará y le pedirá que salga un momento porque necesita hablarle. Usted regresará preocupado y dirá que debe retirase porque tiene un problema en la familia. ― Todos mis compañeros e incluso el Dr. Bocaza quedaron perplejos y boquiabiertos. Pero lo más sorprendente fue, cuando al mirarnos a los ojos, ambos exclamamos a coro: «Si lo que usted dice es verdad, entonces me comprometo a que no entre más a mi curso y dese ya por aprobado en Filosofía.»

Nadie chistó y la espera pareció eterna. Llegado el tiempo señalado, la puerta de la sala de conferencias se entreabrió dejando asomar el rostro de una mujer, quien por su hermosura no merecía ser la esposa de tan horrendo personaje. Todo lo que había predicho estaba reproduciéndose inexplicablemente.

Un murmullo rompió el profundo silencio en el que nos habíamos sumergidos. En breve el Dr. Bocaza regresó y todos como esperando una hecatombe, volvimos a quedar petrificados. Yo no pude aguantar la extraña sensación que volvió a sacudirme por segunda vez. Mi osamenta perdió toda la resistencia para soportar el peso de mi cuerpo y caí desplomado.

Unos días más tardes me contaron lo que sucedió cuando perdí el sentido. El Dr. Bocaza después de ayudar a unos compañeros de clases a trasladarme hasta el auto que me llevó al hospital, regresó con el resto del grupo y dijo en un tono muy solemne… « ― Les pido que me disculpen, debo retirarme porque tengo un problema en la familia.»
II

Todavía hay muchas cosas que aún no puedo explicarme, salvo que en mi boleta de calificaciones aparece un flamante “10” en la carrera de filosofía.

Lo único que sé, es que desde ese día ― hace ya más de veinticinco años ― me convertí en un pulcro estudioso de Nietzsche y me aferré a la firme convicción de que su increíble teoría es totalmente cierta.

Con frecuencia se me han repetido hechos parecidos, pero después que suceden, nunca me acuerdo de nada y siempre, antes de desmayarme, aparece la misma voz, que estoy seguro es la de Nietzsche, quien, convencido de que su teoría del Retorno Eterno tendría un día, un gran amanecer, me repite al oído «Lo que puede ser pensado, tiene que ser con seguridad, una ficción.»

III

Hace unos días vino a verme el Doctor Bocaza. Ya muy entrado en años, completamente canoso y ayudado por un equipo de enfermeras que lo acompaña a todas partes. Su aspecto ya no era el de un inquisidor que demostraba al resto de los mortales que su mente había sido perfectamente diseñada para no dar cabida a la más ínfima estupidez humana.

Después de un rato de plática donde sacamos a flote un sinfín de anécdotas del pasado, Bocaza pidió a su equipo que nos dejaran solos.

― Voy a ir al grano, porque bien sabes que no me gusta darle muchas vueltas a las cosas.

― ¿En qué puedo servirle Doctor? ― pregunté con cierta dulzura al ver que de aquel hombre fuerte y testarudo no quedaba ya más que el asomo de algún gesto perdido.

― No tienes que servirme en nada. Este viejo está ya cansado y listo para cuando llegue el momento del viaje sin regreso. Sólo quiero que me escuches porque no quiero irme sin haber hablado con la única persona que puede entender lo que siento. ¿Cómo puedo explicarle al mundo que llevo mi vida consagrada a la enseñanza y que entre las tantas cosas que enseño, hay una en la que realmente no creo?

―Entiendo. Usted no creé en el Retorno Eterno… ― balbuceé en un tono muy bajo.

― Contéstame algo que eternamente me ha dado vueltas en mi cabeza. ¿Por qué tenemos que irnos, si el hombre eternamente regresa? ¿No es mejor quedarnos de una vez?

― Entiendo sus dudas Doctor, y eso me hace tener que desmentir su flamante terquedad. Usted ha venido a verme, no porque no crea en el Eterno Retorno, más tiene miedo porque no se acuerda que pasó en realidad la otra vez que vino a mí cuando pensaba que saliendo de aquí se subiría a lo que usted llama “su viaje sin regreso”. Pero permítame decirle que Dios no quiere todavía que una mente tan brillante como la suya deje de ser un ornato para el género humano. No, usted vivirá muchos años más. Todavía tiene que cumplir su encomienda en este mundo; Convencer a la gente que piensa, que esta teoría es a largo plazo y que el destino del hombre está regido por el perpetuo oscilar del Eterno Retorno. Y créame Doctor que hoy usted lo va a comprobar.

Bocaza se puso de pie e hizo señas a una de sus enfermeras para que lo ayudaran a levantarse del sillón. Esta a su vez le indicó al chofer que acercara la Suburban. Su caminar era lento, pero firme. Antes de subirse al auto me lanzó una suplicante mirada. Yo sólo le regalé una sonrisa.

Y justo en el momento cuando el chofer iba a poner en movimiento a la Suburban, un policía de transito le indicó que no lo hiciera.

― Me muestra sus documentos por favor. ― Dijo el emblemático policía mientras saludaba con un ademán de manos al resto de los presentes.

Treinta segundos era el tiempo que necesitaban para llegar al semáforo de la esquina, que nos mostraba su luz verde. Tiempo justo que empleó un coche naranja que pasaba al momento en que el policía los detuvo.

Sólo Bocaza entendió el porqué salí corriendo a abrazar al policía mientras le gritaba:
― Usted es un enviado de Nietzsche.

Un estrepitoso ruido desvió la vista de todos hacía la esquina. Un tráiler que circulaba por la avenida perpendicular a la que nosotros estábamos y a exceso de velocidad violó el alto indicado por la luz roja del semáforo, impactándose contra un auto naranja haciendo que este volara por los aires. Ningún pasajero se salvó.

Enero 2007 © Derechos reservados. Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la debida autorización de su autor.

viernes 26 de junio de 2009

Obsesión



I

La Dra. Soledad Cañón, sexóloga de reconocido prestigio, parecía estar desesperada en la inmunda soledad de su consultorio, pero muy dentro de ella se sentía alegre. Tenía en sus manos el expediente del único paciente que tendría consulta ese día. Prendió un cigarrillo y examinó el fólder. Expulsó el humo inhalado de su primera fumada, y sus ojos recorrieron el último párrafo de los apuntes que sólo ella entendía.

Leyó en voz alta: « ¿Qué hago doctora? Siento que mis ganas de tener sexo ya se han convertido en una necesidad compulsiva. Y ahora estoy pasando por algo más preocupante. A pesar de que tengo una amplia actividad sexual, ésta no es seguida de la satisfacción que normalmente se debe tener, y aunque me excito y llego al orgasmo, aún así, me quedo insatisfecha.»

Soledad se acercó el micrófono a su boca y oprimió el botón “REC” de la grabadora. Con voz pausada empezó a hablar…

― Un caso de conducta sexual compulsiva. Se caracteriza por la pérdida del control del individuo sobre su deseo sexual, la persona no puede ejercer control sobre su mente. Todo lo que piensa es en sexo, sexo y sexo. Me sorprende mucho que una mujer reconozca esta adicción. Y mucho más me sorprende que acuda a pedir ayuda. Debe haber llegado a un punto crítico. Debe estar viviendo las horribles consecuencias de su trastorno: desinterés por el trabajo, por la familia, desconcentración, posible debacle económica, amenaza de destrucción de su matrimonio, sufrimiento, ansiedad y depresión.

Soledad hizo una pausa. Volvió a oprimir el botón rojo y paró la grabación. Sus manos le temblaban. Dio una fumada al cigarrillo y meditó por unos segundos, mientras veía elevarse la nube de humo que poco a poco se esparcía por el recinto.

El sonido del teléfono le hizo sentir un sobre salto.
― Bueno… ― dijo después de reponerse al susto.
― ¿Quién es? ― preguntó.
― Soy yo doctora. La voz de su conciencia. ― Una voz ronca, y muy varonil se dejó escuchar. Por fin la reconoció.
― Qué bueno que me hablas. Tengo justamente en mis manos el expediente del paciente que te comenté. Es un caso difícil. Yo creo que la voy a pasar directamente contigo. No es necesario que haga una evaluación minuciosa para darme cuenta que tiene un problema de dependencia compulsiva al sexo. Ella ya lo ha reconocido.

― Es un buen paso. Si el paciente lo reconoce es porque está decidido a luchar contra su adicción. Pero creo que sí debes evaluarlo. Es importante tener conocimiento de causa. Eso nos ayudará más a elegir el tratamiento adecuando… Y por favor, dile a tu paciente que no se preocupe. Aquí estamos a la vanguardia en este padecimiento. Una vez que empiece su cura, le puedo poner la película más erótica, cachonda y provocativa que pueda existir y seguro que va a pasar inadvertida para ella.

― ¿Entonces cuando empiezas las sesiones de grupo? ― Preguntó Soledad apagando el cigarrillo que casi le quemaba los dedos y prendiendo otro.
― Hoy a las cinco de la tarde. ― respondió la voz varonil.

Después de colgar el teléfono la doctora organizó su escritorio. Ya la hora de la cita estaba próxima a llegar. Se puso de pie y se asomó a la ventana. El día se mostraba tan gris como la infortunada vida de su paciente.

II

La ardiente mujer se paró frente al espejo y lentamente fue descubriéndose el busto. Sus voluptuosos senos afloraron al aire mientras sus manos tomaban posesión de cada uno y con una extrema sensualidad fue acariciando sus pezones. Ya conocía cada parte de su cuerpo y donde estaban aquellos puntos donde al tocarse explotaba. Ahí donde perdía la cordura y el mismísimo demonio se apoderaba de ella. Era ya un juego cotidiano que culminaba al meter los dedos en su entrepierna para jugar tiernamente y provocarse un manantial de sensaciones. Era como tocar a las puertas del placer y dosificar cada estremecimiento, cada contracción, cada movimiento para lograr su fin. Para llenarse lentamente de ella misma, hasta que su organismo no aguantara más y detonara un “big bang” en sus entrañas, expandiendo cada opresión interna y llenando todo el espacio con un nítido olor a sexo. Gritos, gemidos, y al final una sonrisa que lentamente se iba convirtiendo en mueca.
― ¡Quiero más! ¡Quiero más!

Y justo ahí, volvía a empezar con la esperanza de que algún hombre apareciera para dejar a un lado su autocomplacencia.

Con un movimiento involuntario giró su vista hacía el reloj de pared. Ya era hora. Tenía que irse a la cita con su doctora.

III

A las cinco de la tarde, siete personas sentadas formaban un círculo con sus sillas. En una de ellas, el moderador del grupo empezaba su discurso.

― Yo fui un adicto al sexo. Hace tres años toqué fondo después de muchas amargas experiencias y todo lo que pasé me hizo proponerme el convertirme en un mejor ser humano. Creé esta sociedad de “Sexólicos Anónimos S.A.” para ayudar a las personas que como yo sufren de esta adiccion. Podemos decir muchas cosas, y cada uno tendrá oportunidad de exponer sus penas y sus sinsabores, pero si no reconocemos que tenemos un problema, jamás podremos solucionarlo… ― hizo una pausa y recorrió la vista por cada rostro asustado, triste y temeroso. ―…Por eso quiero que empecemos por conocernos. Cada uno dirá su nombre y a continuación pronunciará la frase. “Estoy enfermo. Soy un adicto al sexo”

Uno a uno fue poniéndose de pie y cumpliendo con la petición del moderador. En cada palabra se notaba un factor común. Un temblor innato. Un olor a miedo invadió el salón.
La ultima en ponerse de pie fue una señora muy elegantemente vestida, que quiso por primera vez en muchos años quitarle a sus palabras el exceso de erotismo que emanaba de sus entrañas. Esta vez su voz se escuchó firme.

― Mi nombre es Soledad Cañón. Estoy enferma. Soy adicta al sexo.

jueves 25 de junio de 2009

El regreso a la vida

Ayer vi el mar en uno de mis sueños y un dardo de nostalgia atravesó el inmenso espacio que nos separa. Me pregunto que sería de alguien si olvidara sus recuerdos, si borrara la mente y pudiera vivir en blanco en función únicamente de un presente que no existe. Es imposible.

Solía sentarme todas las tardes en el largo malecón para sentir como la brisa del mar acariciaba mi rostro. Ver el ir y venir de los pesqueros. Unos disfrutando su pesca, otros con la incertidumbre de que traerían entre redes. Y el mar los guiaba a cumplir sus faenas. Un mar tierno, sensible, afable. Un mar que exhibía sin miedos su naturaleza. Solía además ponerse como un plato liso en el que se reflejaban mis pensamientos hasta chocar en cualquier parte. Relajante para desahogar mis penas. Para llenar de aire mis pulmones. Para reactivar el cuerpo. Un cuerpo cansado del trabajo. Un cuerpo abarrotado de olvidos. Un yo destrozado sin remedio. Una cabeza desbordada de pensamientos y un enorme caudal de sentimientos que me brotaban a flor de piel. Decía Platón que el cuerpo humano es el carruaje, el yo, el hombre que lo conduce, el pensamiento son las riendas y los sentimientos los caballos. Me imagino que lo haya dicho pensando en que todo estaba en un armónico equilibrio porque cuando tenemos mas caballos y riendas que lo que se pretende jalar, el ser humano se minimiza y el yo desaparece.

Méndigo estado que ni el mar ni su energía logran componer.

Nefasto pasado que aparece sin ser invitado y te impide el presente, negando también el futuro. Me pregunto si hay alguien que como yo decidiera bloquear los sentimientos. Enterrarlos juntos con mi padre en una tarde de junio de 1994. Allí donde sólo pocos sabían que lloraba por otros dolores que sobrepasaban mi duelo. Esa tarde ni el mar aplacó la tempestad de mi alma.

Maldito capricho del hombre el negarse la dicha buscando una falsa estabilidad, condenándose así a vivir infeliz por mientras duren sus culpas. Culpas de las cuales sólo él es responsable y que justifica pretendiendo culpar al resto del mundo para vivir entonces en una nítida burbuja de miedos y rencores.

Anoche vi el mar en uno de mis sueños y cuando acabó el desfile de recuerdos, desperté de un sobresalto. Estaba empapado. Una enorme ola arremetía contra mí, como en aquellos tiempos en que sentado a la orilla del arrecife me dejaba empujar contra las rocas. Esta vez fue diferente. Como por arte de magia, empecé a secarme desde la cabeza a los pies. Parecía que algo succionaba la humedad de mi cuerpo al mismo tiempo que aquellos tristes recuerdos se iban olvidando.

Me puse de pié y fui corriendo hasta el baño, prendí la luz y me miré al espejo. Mi rostro se veía pálido y contraído al mismo tiempo. Mis manos sudaban inconteniblemente. Mis piernas temblaban y mi boca marcaba una total resequedad. Una tenue atmosfera fría me cubrió todo el cuerpo al tiempo que una voz de ultratumba susurraba a mi oído: aquí están todos los sentimientos que enterraste conmigo.

martes 23 de junio de 2009

Desilusión


I
Cada día que pasa me convenzo más, que algo más allá de mis alcances quiere decirme algo. Pero por una extraña razón no quiero escuchar y la verdad no me asusta. Suele suceder; en el país de los ciegos, el tuerto es rey y el sordo es diputado. ¿Para qué ver y escuchar lo que no nos conviene? ¡Así es mejor! Una manera muy antigua de auto-flagelación que tristemente nos consuela. Y en esto le doy toda la razón a mi abuelo cuando decía «mejor ser un necio que sentirse un sufrido.»

Y así son las necedades. Cada mañana al despertar, te busco con la ilusión de encontrarte, y ahí, en esos intentos fallidos está precisamente esa voz que rehúso prestar atención pero que al final se mantiene sabia y firme, haciéndome sentir la misma frustración y una amarga sensación de estar escribiendo una crónica de un fracaso anunciado.

II

Todo comenzó… No, no. ¡Creo qué estoy fantaseando demasiado! porque en realidad no sé si en realidad empezó. Pero esa estúpida costumbre que tengo de aferrarme a las cosas imposibles me obliga siempre a buscar un inicio, un fin y ― más complicado aún. ― tratar de buscarle siempre la quintaesencia de las cosas.

Pero lo importante fue que te conocí y por esos azares del destino nos encontramos un día en la red y plática tras plática nos fuimos dando cuenta de que en nuestras vidas abundaban un sin fin de coincidencias, que nos fue acercando hasta llegar a una complicidad tan piola, en donde aparecieron peligrosas confesiones que jamás habían salido de nuestros espacios interiores.
Y noche tras noche aumentaban nuestras confabulaciones hasta que un día sin darnos cuenta caímos en una peligrosa declaración de sentimientos.

― No sé que me pasa, pero siento algo raro mientras platico contigo. ― te dije con el miedo implícito de que me mandaras al carajo. ― No sé que es y no me preguntes, porque no sabría decirte.

Y después de unos minutos de espera, un enorme alivio me hizo liberarme de toda culpa cuando tu respuesta apareció en pantalla.
― A mí también me pasa lo mismo.

Y ahí es justo el momento donde empezamos a liberar la imaginación y tratar de interpretar significados a las señales recibidas. Un llamada sorpresiva a mi celular antes de salir a un jueves social con tus amigas. Única finalidad; escuchar mi voz. Esa voz que aún no aparecía en escena.

Y qué decir de cuando llegaban los fines de semana. Esos días en los que no podías sentarte a escribir porque tu marido estaba en casa y entonces mandabas mensajes escritos a mi móvil « ¿cómo estás?» «No puedo conectarme» y entonces yo, nadando en la necedad extrema de escucharte tecleaba tu número telefónico a sabiendas de que no contestarías, pero disfrutaba al escuchar aquella voz ágil que parecía enfadada y decía «Ahora no puedo atenderte, déjame un mensaje.»

¡O qué decir de nuestras horas de chat! Cuando dejabas escapar algún destello con palabras que no querías expresar por temor a dejar rastros escritos en tu computadora. Pero terminaba dominándote la pasión y soltabas «Me tienes impresionada con lo que me escribes.» O simplemente un «Por más que intento alejarme de ti, al leerte nuevamente nace en mí ese deseo inmenso de conocerte.»

En fin, todo ese cúmulo de palabras me llevó al estado en que la sensatez flaquea y quien se había prometido a su propio “yo” no volver intentar de nuevo enamorarse, de repente se ve cantando o dibujando poemas, soñando sin dormir o durmiendo e imaginando ese… ese primer encuentro que postergamos por una, dos y tres semanas ante la marea de miedos que se abalanzaba en nuestra contra.

Esos miedos… miedos extraños, no miedos comunes. Nunca había visto a alguien que se abrazara al temor de perder una ilusión fantasiosa. Más que el temor a un fracaso, estaba tu miedo a perder la magia que provocaba en ti, una avalancha de poemas antológicos al deseo, a la provocación, a las confesiones.

Y te mantenías con esa idea fija y mil veces repetida. « ¿Qué pasará si al verte esto no resulta? Sería muy doloroso para mí que esto se destruyera, porque detrás de esta fachada de mujer fuerte y firme que he puesto ante ti, también especulo y construyo sueños. Sueños que tanto tú como yo, sabemos que no son fáciles de realizar. ¿Qué sentiré si veo derrumbar esa montaña de ilusiones que han nacido, provocadas por ti y por mi sed de sentirme por un rato dueña de mi propio yo? De ese “yo” místico que puse a dormir hace algún tiempo y que hoy está ávido de deseos, de cosas nuevas y sobre todo, ávido de aventuras… De esa sed interior que me grita que necesito rebelarme y olvidar por unos minutos toda esta falsedad social en la que vivo. “Esta sed de probar algo nuevo”.»

Y sin dudas, créeme que entiendo y comprendo esos enormes miedos, porque sé que en realidad no son simplemente miedos. Son esos mendigos miedos que van más allá de lo físico, que aunque es una condición suficiente para atrapar a alguien a primera vista, no siempre es necesaria. La cosa es demasiado grave, y sobretodo cuando te enfrentas a algo nuevo. A una relación que no sólo puede poner en riesgo a tu matrimonio y a todo lo que has construido en él, sino a una relación que todos se empeñan en decir que no es normal.

Hoy recuerdo que en una de esas tantas noches donde nos desvelábamos platicando por Internet, te pregunté qué sentías por mí. No puedo olvidar aquella firmeza en tus palabras, que de alguna manera anunciaban que esto estaba condenado al fracaso. «Sí, si siento cosas agradables pero sé que yo misma me pongo un tope y así me siento más segura... es muy agradable hablar contigo, recibir lo que me mandas. Me fascina e infla mi ego, pero no dejo de pensar que tengo una vida muy bien hecha que me gusta y sin adelantarme a nada, precisamente, pues no me adelanto... y no esperes que te diga lo que estoy sintiendo. Tú más que nadie sabe lo que esto conlleva.»

Eran las señales más difíciles. Ese sí enmascarado en un no, ese quiero pero no puedo, ese puedo pero tengo que ser inteligente y pensar con la cabeza. Y empiezan a chocar los sentimientos ante las respuestas que no llegan y ese quiero que estés ahí sólo para mí cuando yo lo necesite, pero que al mismo tiempo no estés. Una especie de fantasía rara de estar sin estar y así me siento feliz. Todo alimentando tu ego y exprimiendo a mi inspiración.
Por fin llegó el día. Creo que desde que me levanté las piernas no dejaron de temblarme, pero no había posibilidad de arrepentirse. Ya la decisión estaba tomada y había que jugarse el todo por el todo. Nos quedamos de ver en una cafetería a la que frecuentabas con tus amigas. Muy cerca de tu casa y en una lujosa plaza comercial en Santa Fe. Allí llegué tan puntual como siempre. Te retrasaste y me mandaste un mensaje al celular «Oye, no pienses que me he arrepentido, dame media hora más y mil perdones pero se me han complicado las cosas. Avísame si te llega esta mensaje por favor» Para mí fue un alivio. Tenía media hora más para pensar y repasar todo el discurso que había elaborado. Me fui a caminar por toda la plaza y mientras me paraba en las vitrinas de ostentosas tiendas, mi mente estaba en otra cosa y me preguntaba una y mil veces « ¿Qué resultará de todo esto? ¿Me aceptará?»

Cuarenta minutos después, ya estabas esperándome. Muy diferente de como te había visto en las fotos, pero más vistosa, elegante y con una personalidad que irradiaba toda la energía que pueda poseer una persona. Para mí no había dudas. La ilusión que había detrás de un contacto netamente virtual se trasformaba de inmediato en amor a primera vista.

Me acerqué y nos abrazamos muy efusivamente y la clásica frase de quienes se encuentran por vez primera después de tanto tiempo se dejó escuchar.

― Al fin se nos hizo. ― te dije en un tono excesivamente nervioso.
― Por fin. ― me respondiste sin dejar de mirarme a los ojos. ― Es increíble, te ves mucho mejor que en las fotos. No puede ser. Es como estar despertando de un sueño.

Lo que aconteció después fue la antítesis de una primera cita. Los nervios nos colmaron. Y mis discursos se olvidaron al extremo de no hablar para nada de nuestra posible relación. Platicamos de todo lo trivial de la vida, como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo y como si yo fuera una de esas amigas, esposas de los amigos de tu esposo con la que acostumbrabas a salir en tus jueves sociales. Y cuando intenté un asomo de mis pretensiones, de inmediato sacaste tu arte de cambiar el hilo de las conversaciones y me suplicaste tan magistralmente que no me quedó otro remedio que aceptar.

― Sigamos hablando trivialidades. Dame tiempo a asimilar esto que me está pasando y créeme que después de hoy, si considero que puede suceder algo más allá de esta linda magia, yo seré la primera en buscarte.

Sus palabras encerraban todo su sentir. Era evidente que en este primer encuentro no pasaría otra cosa más que platicar y conocernos tal cual éramos. Ese contacto en el que ves a los ojos de quien habla, ves sus gestos y ves el efecto directo de una palabra, de una sonrisa, y lo que le provoca cuando la tomas de su mano. Esto no era otra cosa que una realidad, que dejaba atrás, tres meses virtuales de pláticas usando la magia de la Internet.
III

Aún tengo en mi mente aquella imagen tuya en el momento de la despedida. Tú sentada al volante de tu lujoso BMW y yo afuera queriendo decirte las tantas cosas que no dije. Sólo obtuve en recompensa, una tierna mirada al pasar mis dedos por tu mejilla y una complaciente sonrisa que no pude descifrar. Aceleraste y vi como tu auto se alejaba mientras me preguntaba internamente si tendría la dicha de volverte a ver.

Pero hasta hoy ― dos meses después de aquel mágico encuentro ― no he vuelto a tener noticias tuyas. Y aún alimentando la esperanza continúo enviándote alguno que otro poema, algún mensaje al celular o repetidas llamadas donde sólo escucho ese maldito mensaje grabado «Ahora no puedo atenderte, déjame un mensaje.»

Y a cada minuto que pasa me convenzo más, que algo más allá de mis alcances quiere decirme algo. Ese algo martillarte que me censura cortantemente por haberme ilusionado al pensar que podrías haberte enamorado de otra mujer.

Y hoy heme aquí. Sentada en mi vantana e inmersa en un océano de desilusiones y de dudas ante la impotencia de no saber o no querer ver la realidad. Hoy heme aquí pensando en esta crónica a un fracaso anunciado en la que ni yo misma sé que me deparará el destino. Esperar a que decidas si tu realidad es amar a otra mujer o ver como te alejas no convencida del todo sobre tus preferencias sexuales, pero conforme por no haber arriesgado tu presente.

Hubiera preferido que en aquella despedida me hubieras dicho. «Simplemente no estoy convencida que me gusten las mujeres o no tengo valor para hacer esto. No quiero verte más.» Pero no fue así, y por eso todavía en cada mañana abro mi correo con la esperanza de encontrar alguna respuesta. Pero sólo encuentro tu silencio mientras me repito eternamente «Sueño con poder algún día besarte, por favor, al menos concédeme la posibilidad de quitarme ese sueño eterno que apuñala mis días.»

Publicado en la Revista Camagua.
http://www.camagua.org.es/

DICIEMBRE 2006 © Derechos reservados. Cuento registrado bajo las leyes del derecho de autor y propiedad intelectual. Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la debida autorización de su autor.

martes 16 de junio de 2009

El hablar de los cubanos

I

Señores, cuando más de tres cubanos se unen no puede existir una conversación coherente y créanme que hasta parece que hay un riña tumultuaria o una manifestación perredista tomando las calles de Reforma. Esto lo afirmo con propiedad y como diría Mon, ¿a mi qué me cuentan? si he sido protagonistas de estas griterías.

Para los cubanos no existe distinción de la diferencia entre dos eventos conceptualmente distintos. Nos comportamos igual en un hospital, en una funeraria, en una marcha del silencio o en una fiesta. El problema es competir y demostrar quien habla más alto o quien interrumpe más. Seguir el hilo de una plática puede ser un caos que consigue ir desde lo más fácil hasta el complicado hecho de resolver una ecuación diferencial de segundo grado a derivadas parciales.

¡Y qué decir cuando se habla de política! Un cubano puede ser más ducho en la política que todo el consejo de ministros de la república de Cuba. ― Bueno, perdonen la comparación, pero cualquiera sabe más de política que los que legislan en nuestra isla. ― Pero a lo que me refiero es la forma, no al contenido. Un cubano no habla, él grita: ¡Caballero, no coman pinga, eso una mierda! Y créanme que no tienen una idea del contenido tan profundo que puede encerrarse en esa simple frase.

Recuerdo una vez que un invitado a una de nuestras reuniones, me preguntaba el por qué discutíamos y cuando yo le respondí que no había tal discusión, quedó tan sorprendido que me pidió que reconstruyera la escena. Ustedes dirán si tenía razón o no.

¡Ah se me olvidaba! El tema principal de esta plática era la presentación de Mon, ante la sociedad cubana.
II

ACTO 1: MERCEDES, CONCHA, LOURDITA, PEDRO Y CHUCHO ESTABAN SENTADOS EN LA ESTANCIA DE LA CASA DE MERCEDES. ESPERABAN EN ANIMADA PLÁTICA LA LLEGADA DE CARLOS Y MON. ESTOS NO LLEGARON SOLOS. TRAÍAN A UN AMIGO MEXICANO.

MERCEDES: mijito, ¿no pudiste demorarte más? casi nos comemos el lechón sin ustedes.

CARLOS: perdón, es que el tráfico estaba del carajo. Pero bueno, wellcome to Mexico city.

CONCHA: Es que seguro te viniste por Insurgente. Eres un masoquista chico… a esta hora es mejor entrar por el eje 2 y luego ir a buscar Concepción Besteguí y salías directito aquí.

CHUCHO (DIRIGIÉNDOSE A CONCHA): yo no sé que tanto tú hablas si ni manejas ni un carajo.

CONCHA: no manejo, pero me sé está cuidad mejor que tú. O acaso no te acuerdas que con todo lo que tú manejas el otro día no sabías llegar a la basílica de Guadalupe.

LOURDITA (GRITANDO A CARCAJADAS): Sí, es cierto papá. Tú te las das de taxista, pero te das una perdías del carajo. Te acuerdas mamá el día que fuimos a parar a Texcoco cuando íbamos a Xochimilco.

MON TOSE LIGERAMENTE PARA LLAMAR LA ATENCIÓN.

MERCEDES: Oye caballero, déjenme presentarle a Mon. Ella es la pareja de Carlos.

MON (CON SU ACENTO VENEZOLANO) ¡mucho gusto! Eres muy gentil Mercedes. ¡Gracias!

LOURDITA: Mija y… ¿Tú eres cubana?

MON: No, soy de Caracas, Venezue…

CONCHA LA INTERRUMPE BRUSCAMENTE DIRIGIENDO A SU MARIDO…

CONCHA: ¿Te acuerdas Chucho cuando estuviste en Caracas? ¿Fue en el 94 no?

CHUCHO (CATEGÓRICAMENTE): No, eso fue en el 96.

LOURDITA: Mentira papi. Tú estuviste en Caracas cuando fuiste con Jorgito, el hijo de Adela, la que vivía a dos cuadras de Tomasa, la tía de Eustaquio, el que hacía croqueta de perro muerto allá en Batabanó. ¿Tú me entiende? Eso no pudo haber sido en el 96 porque ya estábamos en México y desde que vinimos pa’cá tú no has salido nunca a Venezuela.

CHUCHO: Entonces fue en el 89, cuando se cayó el campo socialista.

CONCHA: Es verdad… en todos lados se ha caído el socialismo menos en Cuba. ¡Qué desgracia más grande caballero!

PEDRO (INTERRUMPE A CONCHA): Oye Concha, no te pongas a hablar de política ahora…

CHUCHO (INTERRUMPIENDO A PEDRO Y DIRIGIÉNDOSE A MON): Oye Mon, ¿Y tú que estudiaste?

MON: Yo estudié ciencias de la comu…

CONCHA (INTERRUMPE A MON ABRUPTAMENTE): Igualito que Lourdita, mira que coincidencia. ¿Dónde la estudiaste? Porque Lourdita la estudió en la Ibero.

MON: Yo soy de la Autónoma Metropolitana.

CHUCHO: Entonces tú has de ser Chavista. Esa Universidad es medio socialista chica.

MERCEDES: Ay Chucho no seas grosero, si ella es de Chavez o no, a ti que te importa. Tú todo tienes que vincularlo con la política. Estás igualito que Carlitos.

CARLOS: Mercedita, ya yo pasé esa etapa. Te juro que ya tocar esos temas me da urticaria.

PEDRO (DIRIGIÉNDOSE A CARLOS): Déjate de comer mierda acere, que tú tienes más cara de ser G2 que otra cosa. Tú eres un perro disfrazado de empresario.

CHUCHO: Vaya, Vaya… aquí el que no tiene de Congo… tiene de Carabalí. Uno nunca sabe donde está el enemigo. ¿Caballero podremos reunirnos alguna vez sin que haya un infiltrado?

CONCHA (DIRIGIÉNDOSE A MON): oye Mon, tú no le hagas caso a esta gente que se quieren un montón, pero siempre están fajados…

LOURDITA: Oye caballeros ya el lechón está oliendo riquísimo…

Todos se pararon y se dirigieron a la mesa mientras Mercedes y Concha, sirvieron la cena. Para no cansarlos, la plática duró casi 5 horas en las cuales sólo los cubanos hablaban. Se habló de la influenza, de la crisis mundial y su repercusión en la Habana, de Varadero, del congrí, del bacalao con papas, del habano, de las milicias de tropas territoriales, de las ofertas en tepito y del último cuento que escribió Mirache. Cada quien con su locura y su ritmo.

ACTO 2: FINAL

Ya en la despedida Concha no perdió la oportunidad y dirigiéndose a Mon le soltó en un tono muy cubano:

CONCHA: Oye mijita, qué bonita tú estás, pero tú casi no hablas.

A LO QUE MON RESPONDIÓ IMITANDO EL ACENTO CUBANO.

MON: Carajo chica, yo he tenido que oír de todo, pero coño, no me han dejao hablar.

Muchos se preguntarán qué fue del amigo mexicano que llegó con Carlos y Mon. Nada. Fue multiplicado por cero y fue quien me pidió que les narrara esta historia.

lunes 15 de junio de 2009

El llanto de Afrodita

I


Afrodita Pérez, decidió que no quería saber nada de curas, monaguillos ni seminaristas, desde aquel día en que en un ataque de valentía, entregó su alma al diablo.

― ¡No puede ser!... ¿estás loca? ― exclamó el padre Tiberio al escuchar la confesión de amor que acababa de hacerle Afrodita. ― Te prohíbo que vuelvas a repetir tan pecadora confesión.

Afrodita bajó la cabeza y sendas lágrimas surcaron su fino rostro. No podía imaginar que aquel hombre no sintiera lo mismo por ella después de tantos meses de estar tan cerca de él. Juntos visitaban las comunidades indígenas próximas al poblado, llevando alimentos y ropas para las personas más necesitadas. Juntos preparaban las ceremonias de bautizo, bodas, misas y hasta las clases de catecismo que se organizaban para la preparación de fieles católicos que se disponían a tomar su primera comunión. Afrodita era una especie de asistente personal del Padre Tiberio, un joven que no pasaba de los 30 años de edad y que se había consagrado a Dios buscando la paz de su alma.

Para Afrodita la negativa del Padre fue el mayor de los golpes recibidos en sus ya 20 años cumplidos. No concebía su vida sin el amor de Tiberio.

A partir de ese momento y dada algunas reacciones de Afrodita, la bola rodó por el pueblo y de tanto rodar, creció y se convirtió en un enorme chisme… «― ¿Te enteraste? El Padre Tiberio es amante de Afrodita… ¡quién lo iba a decir! ― Decía doña Alfonsina, la bruja más chismosa del pueblo» Y poco a poco algunos fieles se fueron alejando del párroco y le exigieron que si en verdad tenía dignidad, lo menos que podía hacer era largarse del pueblo. Y así lo hizo y con ello, Afrodita perdió la razón de vivir.

Dos meses después Afrodita resolvió cambiar de aire y convenció a sus padres para que la dejaran irse del pueblo. Necesitaba alejarse de todos los recuerdos y reencontrarse con la vida, con la verdadera mujer que llevaba por dentro y por qué no, encontrar al hombre que la sacara de su enfermizo amor por Tiberio.

Nadie sabe a ciencia cierta que pasó, pero a los tres meses de estar supuestamente estudiando en la capital, Afrodita regresó a su terruño. Y desde ese día, Altosingo de Miramontes ya tenía un personaje para la historia.

Cuenta su hermana Rumacinta que pasaron tres largos años sin que Afrodita dejara de llorar y lo poco que dormía, lo lograba en brazos de Celestina, su amorosa madre, que tuvo que dejar de atender a su marido, quien desesperado por darle uso a su aparato, se buscó una amante y por razones obvias, este chisme no rodó de boca en boca pues la que se encargaba de hacerle los favores sexuales al bueno de Don Hilario, era nada más y nada menos que la bruja más chismosa del pueblo.

Nadie podía contentar a Afrodita quien en su eterno divagar no encontraba consuelo para sanar sus heridas. Algo muy duro había pasado en su supuesta ida a la capital, y no había Dios quien le sacara lo que llevaba por dentro.

Un día, cansada de tanto sufrimiento y de ver a su hija hecha una piltrafa, Celestina decidió traer al pueblo a una prestigiosa psicoanalista, la Dra. Soledad Cañón, quien ya curada de su adicción por el sexo, había decidido consagrar su vida a ayudar a toda persona que sufriera de una depresión crónica, sin cobrar un centavo por sus servicios.

Cinco horas de encierro bastaron para que ante la sorpresa de todos, Afrodita dejara de llorar y por primera vez en tanto tiempo una alegre sonrisa se asomara en su rostro al término de la fatigosa terapia a la que se entregó.

Y ese misterioso suceso del pasado que marcó tan drásticamente la vida de Afrodita quedó guardado como un secreto que sólo en el pueblo sabían Afrodita y su madre, pero cuentan todos que desde ese día no se supo nada más de Don Hilario y que nadie vio llorar jamás a Afrodita, ni incluso, siete años después, el día de la muerte de Doña Celestina, ocurrido justamente cuando nació el tercer hijo de la mujer que un día se había convertido en diosa.

Ese día, encontrándose aún adolorida por los efectos del parto, ante el féretro de su madre y llevando al recién nacido en sus brazos, dijo en voz casi gritando:
― Madre, que Dios me perdone, sé que no estarás muy de acuerdo con esta decisión que acabo de tomar, pero este niño, se llamará igual que mí… ― Y pegando su boca al oído de la ya inerte Doña Celestina, terminó la frase en un indescifrable murmuró.
II
― Afrodita, no tengas miedo. Sólo he venido a ayudarte.― le dijo la Dra. Soledad Cañón.
Afrodita empezó a hablar hundida en un mar de sollozos.
― Doctora. Son muchas cosas las que me tienen en este inmenso vacío.
― Háblalo, necesitas sacarlo todo…

El día que Afrodita se fue de su casa, no fue para irse a estudiar como le había dicho a sus padres. Su inmenso amor por Tiberio no la hizo flaquear un segundo en su intento por buscarlo hasta donde fuera necesario. Y así lo hizo. Con el nuevo párroco averiguó el paradero de su amado. Para su sorpresa, se enteró, que ante los rumores de que Tiberio había incumplido las reglas católicas del celibato, había decidido irse a un retiro espiritual para tener tiempo de pensar si en realidad ser cura era su vocación, pero la realidad era otra. Tiberio la amaba y se había ido a renunciar a continuar siendo sacerdote, para luego venir por ella y juntos formar una familia.

La felicidad la cegó y en vez de regresar y esperarlo, Afrodita fue directo al pueblo de Tiberio y lo encontró en su casa. Al verla, el arrepentido sacerdote se lanzó a sus brazos y se entregaron en un apasionado beso.

― Ya no aguanto más ― le dijo ― te amo, y por ti estoy dispuesto a todo. Ya basta de engañarme, yo no nací para ser cura. La carne es más fuerte, el amor es más poderoso que toda la fe que dicen existir. ¡Ya basta! ― Y tomándola de la mano Tiberio corrió al encuentro con su madre. ― Madre, te presento a Afrodita, la mujer de quien tanto te he hablado.

― Que Dios te perdone hijo, pero si esta es la mujer que tanto amas, dale riendas sueltas a tus sentimientos. Dios sabrá perdonarles sus pecados. ― Y dirigiéndose a Afrodita le dijo dulcemente ― Si tú eres más fuerte que la fe que mi hijo dice profesar por Dios, conviértete en su diosa y qué desde ahora se entregue por completo a ese amor tan poderoso. ― Y abrazándola muy fuerte a su pecho, terminó diciéndole al oído ― Desde hoy, esta es tu casa.

Faltando un día para cumplir los tres meses en casa de Tiberio, y plenos de amor, placer y lujuria, ocurrió lo que para muchos creyentes podría ser llamado como el castigo de Dios. Ese día, mientras su suegra miraba sus recuerdos de familia, le pidió a Afrodita que la acompañara. Un viejo álbum de fotos, le hizo recordar su pasado, y sobre todo aquellos tiempos en los que había quedado embarazada y esperaba el nacimiento de su hijo.

― Es curioso, entre tantas fotos que tienes en este álbum, no hay ninguna del padre de Tiberio ― señaló Afrodita.
― Ese ha sido siempre un secreto. Ni el propio Tiberio sabe quien es su padre. Creo que fue una de las cosas que lo orilló a entregarse a Dios, sin estar convencido de su vocación. Fue un amor prohibido, un amor sin sentido, más que ese regalo que me hizo. ― Y buscando en un cajón sacó unas cartas visiblemente empolvadas. Abrió un sobre y sacó una foto de aquel hombre al cual pecaminosamente se había entregado.
Afrodita palideció de inmediato y casi temblando exclamó:
― Señora, este hombre es mí… es mí padre.

III

Hoy el pequeño Tiberio ya tiene cinco años. Sin dudas, es el consentido de Afrodita, quizás por ser entre sus hijos, el que encierra ese secreto que nadie, a pesar del tiempo, ha podido todavía descifrar.
Y cada año, en cada celebración, Afrodita, ante la tumba de Doña Celestina, le repite la misma frase que le dijo el día de su muerte… «Madre, que Dios me perdone, sé que no estarás muy de acuerdo con esta decisión que acabo de tomar, pero este niño, se llamará igual que mí hermano»

viernes 12 de junio de 2009

Insomnio.


Cada vez que pienso en el amor, me pega este horrible insomnio. Son las tres de la madrugada y decido salir de la casa y caminar por el jardín. Subo por el empedrado que conduce a la palapa y desde lo alto contemplo el mágico paisaje de puntos multicolores que se impone ante mí ojos. Las luces interiores de la alberca reflejan su esplendor. Sus aguas parecen erizarse por el paso de la fría brisa de la noche que llega también a mi rostro, humectándolo con su rocío. Una rara sensación me acaricia interiormente y quedo atrapado en mi clásico “black hole” transportándome inesperadamente veintisiete años atrás…

…Caí desempolvándome en el centro del parque Ampere. Así le llamábamos a una pequeña glorieta con bancas de concreto, ubicada frente a la cafetería de la universidad Central de Las Villas. Ahí nos íbamos en cada receso a comernos un pastel de guayaba y un yogurt. Y mientras comíamos presenciábamos el desfile. Sin duda era la mejor pasarela del mundo. ¡Qué Naomi Campbell ni Claudia Shiffer! Aquello sí era una pasarela. Nada de top ten o de candidatas a anoréxicas. No, aquello era el top thousand. Por eso Ampere se sonríe desde su magistral monumento imaginario. Por ahí pasaba, no un Coulomb por segundo, sino centenas de “culones” por segundo. Eso sí era una corriente, no eléctrica, pero sí de mujeres que servían de colirio a nuestros obedientes ojos cuando el negro Miguel soltaba uno de sus piropos a boca llena: «Mamita, si tus nalgas fueran una galleta, necesitaría un remo para untarla…».

¡Qué mujeres! Y nada de operadas, ni exageradamente maquilladas. ¡En Cuba no existía eso! Eran “naturalitas”. ¡Coño…! Las más feas eran las que estudiaban física. Mucha física, pero nada de físico. Ahí ni para escoger. Recuerdo cuando un “cerebrito” de mi clase, enunció una ley que pasó a la historia de nuestra generación, como la ley física que probaba la autenticidad del refrán “En casa del herrero, cuchillo de palo”. Pero qué decir de las de filología, las de arquitectura, las de historia del arte, las de derecho, las de ingeniería. Todas tenían que pasar frente a nosotros para ir a sus facultades. Y ahí estábamos, cual más experto jurado detallando la belleza femenina y como fieras esperando la presa para lanzarnos a la conquista.

¡Qué tiempos aquellos! Corrían los últimos años de los setentas. Años gloriosos de mi historia y de las de mis amigos. Esa época crucial, donde el presente es lo único que importa y se vive bajo la consigna de que el mañana no ha llegado, y será mejor mientras mejor se viva el presente.

¡Qué iba a pensar uno en el amor! Es más el amor en aquellos tiempos, y para nuestros conceptos, era una mala palabra. Recuerdo a Luis, otro amigo que decía que el amor es una palabra de cuatro letras, que encierra todo lo contrario a lo que supuestamente significa. Una palabra que empieza con la A, letra amarga con la que terminan los amores. Con A de angustia, de arrepentimiento, de ausencias. Después sigue la M, mugrosa letra que trae consigo, melancolías, mentadas de madres y la muerte de un sentimiento. Continúa la O, ojerosa vocal que en el mejor de los casos trae olvidos, pero su realidad se ostenta en el odio y la ofensa. Y por último la R, ruidosa consonante que al término de una relación te regala renuncias, rabia, rencores. ― Y después de dar su definición exclamaba ― ¡Y qué lástima que no tiene una H intermedia!, porque además de todo lo que digo es “Horrible”.

Claro que yo no pensaba así, pero de alguna manera sus palabras siempre influenciaron en mí, al extremo de huirle al sentimiento. Uno se sentía sin ataduras, sin complicaciones. ― Bueno esto de sin complicaciones se mantenía mientras no se te juntaban tres novias al mismo tiempo en el mismo lugar ― ¿Qué hubiera dicho Heisenberg de la validez de su principio de incertidumbre? En esto de la conquista y la fidelidad, estaba cañón aplicarlo. Aunque yo sí podía determinar con exactitud qué cantidad de movimiento tenía al salir corriendo y hacia dónde iba al mismo tiempo.
¡Esos tiempos serán inolvidables! A esa edad no se perdona. Y mal afortunado quien no haya sabido aprovecharla. Porque después que viene lo serio, la vida cambia.

Y hoy que ya piqué el medio siglo, desde esta palapa, y con este insomnio veo todo muy diferente. Ya a nuestra edad uno se creé el ridículo hombre maduro. Se cree responsable, y quiere ver en el amor… ese amor de cuatro letras lo que no vio cuando se casó por primera vez. Ahora ve una A que encierra la astucia, para saber sobrellevarlo todo, la amabilidad, el andar tranquilo, el anidarse a una vida sin locuras sin que deje de ser loca. Esa M que te envuelve en la moral, en el matrimonio, en mantener a una familia, a mimarte y a mimar al que te rodea y a desprenderte del terrible matriarcado que en nuestra vida de solteros querían imponernos en nuestras casas. Bendita la O de la osadía para tratar de hacerlo todo aparentemente bien para que una esposa siempre esté feliz o te haga creer que lo está. O de orgullo, de esa mística orgía en la que nos adentramos en pareja, una orgía de sentimientos, detalles, inteligencias, es una O más redonda, más reformada, más perfecta… ¡puta madre! ¡y qué decir de la R!, ¡Alabado sea el señor…! responsabilidad, reconocer los defectos y las virtudes, tuyos y de tu pareja, replantearte una actitud ante la vida, resistir los embates del destino, rectificar si es necesario. Qué malo que no tiene H intermedia porque yo le agregaría que el amor es como un “homenaje” a la mujer, sin las que jamás, podríamos amar a nadie...

… Pero coño, en realidad ya todo es diferente. Si al menos tuviera esta inteligencia de ahora con quince años menos, ¡cuántas cosas podría hacer!… qué diablos Brad Pitt ni Richard Gere… No haría falta ser bonitos. Simplemente lo que se necesita es tener ese verbo poderoso, acompañado de esa lucidez que te permita hacer cosas sensatas y saber hasta donde entregar los sentimientos.
Si yo tuviera quince años menos, de seguro no perdería tiempo soñando con tenerla, ni dejaría que se fuera sola a una fiesta y de seguro, ahora mismo saldría y sin que lo esperara, le tocaría a su puerta y le gritara: “Aquí estoy” y mandaríamos las dudas al carajo porque a pesar de mis cincuenta primaveras, para mi el amor hoy es, esa hermosa palabra de cuatro letras en la que la A representa la aventura, un alivio de pasiones, es alimentar el alma y ahuyentar la rutina, es agradecer que gracias Dios estamos vivos. Ahora la M es la madurez con la que sabemos valorar a quien nos quiere, es momificar las miserias, esas miserias diferentes que reducen tanto el alma que puede llegar a caber en un grano de arroz, es conservar la memoria, matar al egoísmo, y no mendigar un cariño, sino saber cuando se entrega con sinceridad. La O, ya pierde el glamour y se convierte en orgasmos, esos orgasmos que nos hacen flotar y saborear cada cosa que se hace como si fuera la última vez, es una O que llama al orden (pero sin reglamentos), es o ser o no ser si quieres olvidar lo que fuiste tratando de reivindicar las hazañas. O simplemente, seguir siendo quien eres pero dando más. Y qué decir de la R, es la revolución del amor sin condiciones, sin límites, sin dogmas, sin requisitos, es el respetarse a uno mismo haciendo lo que se desea hacer, es renacer ante lo nuevo, revivir ante lo muerto, reírle a la vida porque nos demuestra que ella está hecha para eso, para vivirla. Y aquí me niego a que haya H intermedia, porque no suena y no hace falta para saber que el amor a estas alturas de la vida es algo más que decir un simple “Hermoso”, es más que eso, es el éxtasis, el saber que primero existo, luego siento y después preguntarme a viva voz, ¿cómo chingados podré quitarme este horrible insomnio…?
Carlos Dueñas Aguado
Todos los derechos reservados.

lunes 8 de junio de 2009

Golpe por golpe


I


Ernestina daba pasos lentos en su habitación hasta que por fin decidió detenerse frente al espejo para contemplarse. Su rostro se vistió de un dolor más intenso del que estaba sintiendo en cada parte de su cuerpo. Sus ojos estaban rodeados de una aguda mancha rojiza y el izquierdo se perdía en la inflamación de sus parpados. Se quitó la camiseta y enormes moretones se esparcían desde los riñones hasta la parte media de la espalda. Sus magníficos senos no mostraban el brillo y la firmeza de siempre. Esta vez aparecieron marchitos irradiando las huellas de un maltrato desmedido. Terminó de desnudarse. Sus nalgas y sus muslos no habían escapado a las crueles patadas de su diabólico inquisidor. Un intenso escalofrío le recorrió todo el cuerpo pero no se detuvo. Caminó hacia el closet, abrió el cajón superior donde guardaba dinero en efectivo que le daba su marido para el gasto y empezó a separarlos en diferentes bultos mientras su voz quebrada se escuchaba como salida de ultratumba.

― Patadas en la espalda, 100 pesos por 10, mil. Puñetazo en los ojos, 50 pesos por cada ojo. Golpes en los senos, a 25 pesos cada uno― pensó por un momento hasta que recordó― fueron 8, así que el total es doscientos… ― contó finalmente y exclamó: Mil trescientos pesos. Nada mal.

Buscó de nuevo dentro del closet y sacó una caja que contenía los zapatos que más le gustaban. Eran unos botines de tacón fino y alto que usaba solo en ocasiones especiales cuando su marido se dignaba a llevarla a alguno de sus eventos para dar la imagen de tener una familia feliz. Dentro de ellos escondía con mucho recelo el dinero que ganaba producto de los golpes recibidos y donde pensó que jamás buscaría el animal de su marido. Ernestina volvió a contar lentamente todo el dinero y quedó en extremo sorprendida al ver que ya tenía ahorrado la suma de 30 mil pesos.

― ¡Ha llegado el momento!― exclamó.

II


Ernestina entró y se sentó en una mesa redonda de vidrio templado. Un señor de unos cincuenta años de mirada penetrante y portando un cabello bañado en canas la esperaba. La observó fijamente hasta que ella terminó de exhalar la primera bocanada de humo que le había dado a su Marlboro Ligth recién prendido. Se veía ansiosa y dominada por la angustia.

― ¿Por fin te decidiste? ― preguntó el hombre canoso.

― No sabes lo que he tenido que hacer. Hasta lo que nunca pensé. ¿Sabes que significa robar? Esa palabra no existía en mis actos de conducta. Y heme aquí. Parte del dinero que te traigo se lo fui sacando como pude de su abultada billetera. Otra parte, producto de las ventas que hice de sus trajes, camisas, pantalones, zapatos, prendas que casi no usaba y que ni se acordaba que las había comprado. Empeñé todas las joyas que me regalaba cuando quería tapar sus infidelidades o sus golpes.― Dio otra fumada a su cigarrillo y paseó la vista por toda la impecable oficina del hombre canoso. Luego prosiguió.― Y por último, el resto y creo que la mayor parte, la obtuve producto del precio que le puse a sus golpes. Un dinero que aún me duele, un dinero que me sabe a hiel, que me costó enormes vomitos, que me causó amargos sufrimientos, que me hizo probar lo que se siente al caer rodando por unas escaleras, que me regaló enormes desveladas y el hacerme creer que tenía que soportarlo por el valor que aún tiene para mí el matrimonio. Pero créeme que será el pago que más placer me haga sentir al hacerlo. Porque beberá agua de su propio chocolate.

El hombre canoso se puso de pie. Su habitual manía de morderse los labios mientras pensaba se hizo presente. Se acercó a la ventana de su despacho situado en el piso diez de un alto y moderno edificio en Santa Fe. Desde ahí contempló la oscura nata de smog que cubría a la ciudad.

― Son tiempos en lo que todo está contaminado. ― comentó ― Todo en la vida tiene un precio y hay que estar consientes que algún día tenemos que pagarlo. Ahora eres tú quien decide. ¿Lo quieres muerto o le damos una dura sacudida?

― Haz lo que tengas que hacer. Tú acabas de decir que todo tiene un precio. Hazlo, pues, pagar por todo lo que me ha hecho.
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Esta historia está basada en hechos reales. Para mayores referencias dar click aquí o en http://amiquemecuentan.blogspot.com/2008/08/inquebrantable.html
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Junio del 2009. Todos los derechos reservados. Carlos Dueñas.

jueves 4 de junio de 2009

El secuestro


I


El día que Don Genaro dio instrucciones de matar a los secuestradores de su hijo, su vida giró súbitamente. La alegría devino en tristeza, lo blanco sobrevino en negro, el amor se bautizo con odio, la compañía se transformó en soledad y su gran admiración hacia él mismo se vistió de desprecio. De haberlo sabido jamás lo hubiera hecho.


II


Dos semanas llevaban negociando con los secuestradores. Doña Elvira no hacía más que mirar al teléfono a ver si con ello lo hacía volver a sonar y poder saber algo del joven Genaro. Ya habían acordado la suma de tres millones de pesos, sólo faltaba el lugar y el día donde debía ser entregada y con ello la devolución de su hijo.

Los negociadores habían hecho sin duda un trabajo excelente fruto de la jugosa cantidad de dinero que había desembolsado el magnate hombre de industrias farmacéuticas. Los había traído desde los Estados Unidos y sus resultados en estas gestiones hablaban por si solo de la profesionalidad de este grupo antisecuestros.

― Con tal de salvar la vida de mi hijo, ustedes pidan lo que quieran. Pero lo quiero de vuelta vivo y coleando. ― les dijo en su primera entrevista.

Don Genaro estaba desecho. Los años le habían caído de golpe y sumado a la impotencia por hallarse atado de manos y pies para darle fin al sufrimiento de su familia, un enorme sentimiento de culpa le golpeaba a cada instante. Veinte años era la edad de su hijo y ahora que el peligro de perderlo parecía convertirse en una muy probable realidad, renegaba la poca o casi ninguna atención que le había dado al junior producto de sus tantas ocupaciones empresariales. Nunca supo si salía bien o no en la escuela, él sólo pagaba las colegiaturas de los colegios más caros. Nunca supo por qué el hijo cayó en una crisis de alcohol, él sólo costeaba las clínicas en donde lo recluían. Nunca supo el motivo que llevó al joven Genaro a golpear a un pobre indigente cuando un día le pidió limosna, él sólo movía sus influencias para sacarlo del ministerio público sin que no tuviera ni siquiera que pagar una fianza.

Así transcurrió la vida del junior. Abandonado emocionalmente en una adolescencia llena de gustos, lujos e imprudencias, pero sin el afecto y la atención de su padre. Y lo más preocupante; su firme convicción de que él no existía para aquel hombre que había aportado en una noche de placer los millones de espermatozoides de los cuales uno lo había concebido.

Por fin llegó el día pactado para la negociación. Doña Elvira había sido señalada por los secuestradores para que llevara el maletín con el dinero hasta un viejo y frondoso árbol ―que identificaría por tener una “X” tallada en su gruesa corteza― situado justo en el km 50 de la carretera México-Toluca. Ahí debía esperar una segunda llamada que le indicaría el lugar definitivo donde depositar el rescate. Una vez recogido el dinero, su hijo sería liberado simultáneamente en un punto que aún no habían decidido los secuestradores, dentro de la ciudad de México.

El grupo antisecuestros parecía tenerlo todo bajo control. Diez minutos antes de que llamaran los malhechores e informaran los detalles para la entrega del dinero, Don Genaro se había reunido con ellos para darles sus últimas instrucciones.

― Lo he pensado bien y he cambiado de parecer. No tengan compasión con esos hijos de putas. Los quiero a todos muertos y les aseguro que su salida del país está garantizada. No dejen huellas y tengan la certeza que recibirán el doble de la cantidad de dinero que hemos pactado.

Todo se hizo de acuerdo a lo planeado y Doña Elvira llegó aparentemente sola al punto señalado. Una vez que los captores de su hijo comprobaron que nadie la seguía, recibió una llamada al celular.

― Señora, súbase a su camioneta y avance dos kilómetros rumbo a Toluca y le advierto que no intente hacer nada extraño porque le vamos a volar la cabeza a su hijo.

― No entendí bien. ¿Me dijo que avanzara dos kilómetros rumbo a Toluca? ― repitió Doña Elvira para que sus protectores pudieran oírlo a través del micrófono que le habían colocado bajo su blusa. No cabía dudas de que la llamada fue hecha desde un lugar muy cercano de donde podía ser vista la señora, que presa del pánico empezó a caminar temblorosa de regreso a su RVA 4.

Todo ocurrió en fracciones de segundos. Doña Elvira no había avanzado más de tres metros cuando un sujeto que llevaba el rostro cubierto con un pasamontaña y que estaba oculto detrás de unos arbustos, salió corriendo a toda velocidad, le arrebató el maletín lleno de dinero, le dio un empujón que hizo que la señora cayera de bruces sobre el terreno y se subió a la camioneta que continuaba con el motor encendido como se le había indicado. El sujeto aceleró a toda velocidad rumbo a Toluca y al llegar justamente a los dos kilómetros que había hecho mención, se salió de la carretera y se metió por un estrecho terraplén por donde avanzó nos más de cien metros, lugar en donde lo aguardaba un Eclipse descapotable color negro. El sujeto estacionó la camioneta a buen recaudo, se bajó y caminó lentamente hacia el otro auto. Abrió la cajuela, guardó el dinero y sacó el celular de su bolsillo. Marcó un número, esperó unos segundos hasta que del otro lado alguien tomó la llamada. El sujeto fingió la voz mientras decía:

― Don Genaro, todo ha sido muy fácil y se ha portado usted como un caballero. Muy pronto tendrá a su hijo vivito y coleando en su casa. Espero que este miedo a perder a su hijo le haya dado una gran enseñanza y que de una vez y por todas priorice sus sentimientos hacia todo aquello que verdaderamente sea más importante que su mal habido dinero. ― El sujeto colgó abruptamente.

Cinco segundos después el magnate de las industrias farmacéuticas recibía otra llamada.

― Señor Genaro, ya tenemos al sujeto. Al parecer ha trabajado solo en esto y no cabe duda que era un principiante. Un profesional no hubiera pensado que cobrar un rescate sería una operación tan fácil. ― balbuceó el jefe del grupo élite con un marcado acento gringo.

Don Genaro empezó a sudar sin que milagro alguno pudiera contenerlo y con voz temblorosa exclamó al tiempo que se dejaba caer sobre el sillón de su escritorio:
― ¡No lo vayan a matar!
― Ya es tarde Don Genaro, mis hombres acaban de ajusticiarlo.


III

El sujeto colgó el teléfono abruptamente y se dispuso abordar su Eclipse descapotable. Una sonrisa iluminó su rostro que todavía oculto tras el pasamontañas no pudo percibir que dos hombres descendían sigilosamente desde la cajuela de la RAV4 que minutos antes él había dejado estacionada. Mientras prendía el auto, con la otra mano alcanzó a descubrir su rostro.

― Espero que esta vez mi padre haya aprendido la lección…

Hasta ahí alcanzó a decir. Su cabeza cayó sobre el volante destrozada por una bala trazadora y un mar de sangre llenó por primera vez el enorme abandono que sentía el joven Genaro. Sin planearlo debe haberse ido convencido, que esta vez su padre jamás dejaría de pensar en él.

Junio del 2009. Todos los derechos reservados. Carlos Dueñas.

miércoles 3 de junio de 2009

Desde las sombras

I

Desde mi refugio puedo verlo todo. Un día tras otro la misma tortura y dolor. Los veo correr, esconderse, y luego llorar cuando son sacados de sus escondites agarrados por el pelo mientras una serpiente de cuero bate el espacio y termina marcada en la tierna piel de sus espaldas, grabando huellas de dolor en sus jóvenes entrañas.
Por suerte, yo hace dos años pude librarme de esas golpizas. Y rezo todas las noches pidiéndole al señor que mis dos hermanos y mi madre, puedan librarse de ese verdugo de quien reniego al mencionar su nombre y sobre todo cuando me recuerdan que es mi padre.

II

Todo comenzó desde que él se enteró que el parto era de trillizos.
― Señor Eustaquio, todo salió bien. Su esposa está en perfecto estado y los niños también.
― ¿Los niños?
― Sí, su esposa acaba de dar a luz tres hermosos niños.
Y justo ahí, en ese momento, en que la enfermera esperaba que se lanzara sobre ella y la abrazara de felicidad, fue cuando soltó la histórica frasecita. «Y ahora como chingados voy a mantener a cuatro bocas.»
Creo que mi padre nunca le perdonó a mi madre que pariera una sobre cuota de hijos. Por cierto yo fui el segundo en nacer.
Su empleo no era nada bueno ― con esto no quiero justificarlo ― y los escasos pesos que se ganaba haciendo de traga fuegos en la esquina de Plan de Ayala y Teopanzolco apenas alcanzaba para… ¡qué carajos… no alcanzaba para nada!
Y así crecimos. Bajo la mirada despreciativa de mi padre, que nos veía como la causa de todas sus desgracias. Su humor cambió, su risa desapareció, su odio creció. Y a los dos años de edad, ya nos usaba como sus esclavos. Ahí en esa misma esquina, nos puso a trabajar y él se sentaba a vigilarnos. Nos ponía unos globos inflados en las nalgas, y los tres hermanos, nos convertimos en payasos y hazme reír de todo el que pacientemente y sin mirarnos, esperaba el cambio de luz en el semáforo.
Y pobre de nosotros si no logramos sacar el dinero que nos ponía como meta.
Un día ― de esto hace dos años ― al llegar a la casa, mientras evaluaba con ofensas nuestro desempeño, mi hermano, el menor que yo por tres minutos, empezó a jugar con sus canicas y no le prestaba atención. ¡Para qué fue aquello! Mi padre ― como ya era su costumbre ― se bestializó y se fue sobre él y le pegaba como si le estuviera pegando a un hombre de su talla.
Yo no me pude controlar y traté de defenderlo. Agarré el palo de la escoba y empecé a darle palazos por la espalda. Ahí empezó mi viaje. Me agarró y me lanzó a donde sus fuerzas le dieron.
Lo último que alcancé a ver fue como el piso se aproximaba a toda velocidad hacia mí. El golpe fue mortal. Mi cabeza reventó contra el borde de la banqueta.
Y hoy desde mi refugio lo veo todo. Siempre el mismo día de cada año, veo a mi madre llegar con un ramo de flores. Ahí se acuesta. Y ahí llora sobre mi tumba.

domingo 31 de mayo de 2009

La ambición de Casimiro

La ambición tiene varias causas y una de ellas es el miedo. Y si alguien tiene dudas, pregúntenle a Casimiro Buenrostro, un limpiabotas muy conocido en una importante esquina de la gran ciudad, quien dado el momento de desesperación económica por el que pasaba, había pensado en más de una ocasión en convertirse en asalta bancos, por miedo a quedar en la pobreza extrema, por miedo a sí mismo y por miedo al negro futuro que vislumbraba.

Un día, mientras limpiaba los zapatos a un apuesto y exitoso empresario, leyó en el reverso del periódico que éste sostenía en sus manos, que la Procuraduría General de Justicia ofrecía una jugosa recompensa de cinco millones de pesos a quien diera el paradero de unos de los capos más buscados de la droga. Dicho artículo mostraba la foto de un sujeto el cual Casimiro reconoció de inmediato. ― A ese tipo lo he visto yo. Es él dueño de la casa donde hace el aseo mi morralita―pensó mientras movía con más fuerza sus manos dando brillo al calzado derecho de su cliente. Los ojos le brillaron al humilde limpiabotas quien por unos minutos imaginó cuantas cosas podría hacer con esa cantidad de dinero.

― ¡No manches! Lo primero que haré será comprarme una casona de esas a las que pueda invitar a todos mis cuates los sábados en la noche y armar un pinche reventón de esos que todavía no conozco, con mesero y todo el rollo. Tendré una servidumbre de unas diez señoras para que morralita no tenga que hacer nada… ¡qué chido! Me compraré además una súper camioneta para restregársela en la jeta a mis carnales y bueno si me sobra algo le compro un buen auto a mi vieja. ¡Qué rete contenta se me va a poner!... la pobre ni una bicicleta ha tenido… aunque pensándolo bien va estar de la chingada enseñarla a manejar. Es tan bruta, que ni el carrito del supermercado maneja bien. Mejor le compro unos buenos vestidos de la fayuca, de esos que parecen de marcas y son más piratas que los de la película del yoni di”.

Después de cobrarle la limpieza al joven, Casimiro le pidió de favor que le regalara esa hoja del periódico, a lo que su cliente accedió sin poner reparo. ― Total si con el dinero que tiene este pinche junior ricachón, se compra diez periódicos más― dijo mirándolo de arriba abajo mientras el chico se alejaba. ― Así mismito me voy a ver yo cuando denuncie a este carnal ― exclamó ahora señalando la foto del patrón de su esposa.

Ese día, Casimiro cerró su puesto más temprano que de costumbre.

― Total, si con el dinero que me voy a ganar voy a poner a un chingo de mendigos a trabajar para mí. ― susurró mientras su mente volaba alrededor del dinero. ― Ahora si que me voy a chingar a este pendejo. Nadie me va joder esa harta lana.

Media hora después, Casimiro estaba sentado nada más y nada menos que con el mero jefe. El comandante, quien por su fisionomía se parecía al mismísimo cara-cortada. Su rostro cuerpo regordete representaba a una persona que sentía fobia por el deporte y que debía tomarse una botella de dos litros de coca cola diaria.

― Dígame usted… ¿en qué puedo servirle?
― No me lo va a creer comandante. Vengo a denunciar a este carnal. ― respondió extendiendo el periódico sobre el escritorio del enigmático regordete. ― Mire... ― Casimiro contó al oficial la historia que conocía del sujeto y después de terminarla exclamó.― pensará usted que no sólo vengo a denunciarlo, sino también a exigir esta jugosa recompensa.

― Esperece jovencito, primero tenemos que verificar si esta información es cierta y le advierto dos cosas para que no le agarre de susto. Si nos intenta engañar se va a podrir en la cárcel.

― ¿Y cuál es la segunda advertencia?

― La segunda es que vaya pensando con cuanta lana se va a mochar si es cierta la información y si agarramos al presunto sospechoso.

― Comandante, no puedo creer lo que me está diciendo. Usted está para cuidar la ley, no para intentar sobornarme. Usted no sabe que así como me ve, tengo amigos en las altas esferas de la política que van a lustrarse sus calzados conmigo. No creo que a usted le guste que yo lo denuncie con mi carnalito el diputado.

― ¡Es una broma hombre! No aguanta usted nada. Yo estoy aquí como usted mismo ha dicho para preservar el orden y que se cumpla la ley. ― el gordo sonrió y acto seguido prosiguió.― A ver lléneme esta forma porque a partir de ahora tendrá que ser usted un testigo protegido y le voy a asignar a un oficial de toda mi confianza para que se vaya con usted. ¿Como me dijo que se llama? ― preguntó el regordete mientras jugaba con uno de los extremos de su bigote mal cuidado y rojizo de tanta nicotina.

― Casimiro Buenrostro, comandante. Deme todas las formas que necesite que le llene. ¿le confieso algo? ― el regordete asintió con la cabeza. ― Pos que ya me está cayendo usted bien y le voy a hacer un buen regalito cuando tenga en mis manos esa cantidad de dinero. ― Casimiro lo miró a los ojos mientras para sí se decía. ― Este gordo de la chingada se cree que yo soy pendejo. Cuando yo tenga esa harta lana me pierdo y no me ve jamás el pelo.

El gordo tomó su teléfono e hizo varias llamadas. Prendió un cigarro, miró a Casimiro y después de lanzar un escupitajo al cesto de la basura ordenó.

― Vaya a ese escritorio y llene estos documentos mientras viene por usted un oficial vestido de civil que le va a brindar protección encubierta. Anote bien su dirección y la de la casa donde se supone que está este sujeto. Créame que le va a ser un buen servicio a la nación, la cual sabrá remunerarlo con esta recompensa.

Tres días después todos los noticiarios del país anunciaban la captura del sujeto al que Casimiro había denunciado. En los principales titulares se destacaba el golpe dado por la policía al narcotráfico gracias a la información brindada por un ciudadano anónimo que quería el bien para su país. Ese mismo día el puesto de Casimiro, junto al de otros limpiabotas se veía vacío. Su ausencia sorprendió a muchos. Ninguno de sus compañeros de oficio supo el porqué de su ausencia. Sólo su morralita, como él cariñosamente le decía, podría explicarles por qué el ambicioso limpiabotas no había ido a trabajar. A ella también la había abandonado, y esta vez para siempre. Casimiro se había marchado. No con la jugosa fortuna, pero sí con un balazo en la cabeza.

31 de mayo del 2009. Todos los derechos reservados.



Rosendo perdió lo que más quería.


¿Sabes? A veces no comprendo a los adultos― me decía la mayor de mis hijas cuando apenas tenía 12 años ― Me encantaría preguntarle que piensa hoy, cuando hace sólo unos días cumplió sus 27 primaveras. Me imagino que ya siendo adulta piense diferente. Ahora debe ser ella quien complique las cosas. En fin, el ser adultos parece ser una forma de vida que vamos acoplando a lo que creemos “nuestro correcto” parecer, y el cual vamos complicando en la medida que nos convenga y según nuestras necesidades.


Digo todo esto porque hace un mes atrás, Rosaura no pensaba que serle infiel a su marido era una infidelidad. Al contrario, ella afirmaba que platicar, besarse e irse a la cama con Rosendo, era simplemente un acto de desahogo, mediante el cual olvidaba lo infeliz que era al lado de su esposo, con quien llevaba más de 20 años de sufrimientos. Pero ahora, la señora piensa diferente. Hace treinta días, sin ton ni son, y sin darle ni tan siquiera una explicación al bueno de Rosendo, se desapareció de su vida.

Es verdaderamente admirable escuchar como la distinguida señora habla con sus amigas más cercanas y cacareando repite que ella no le sería infiel a su marido, ni con el pensamiento y mientras el pobre de Don Rosendo ahora vive con la nostalgia posada sobre su cuerpo y entremezclada con su aura. “Al menos así se veo mejor”, piensa el posesivo y aprehensivo pedazo de olvidado. Nostalgia de arcoíris, nostalgia de vil nostalgia convertida en pérfida defensa para justificar lo que aún no había podido justificar. Aunque convencido estaba de algo. Nunca más, y ahora si iba, pero que muy en serio, caería en los brazos del amor aunque su fantasía de siempre, Angelina la de Brad, viniera y le dijera ― Rosendo, te amo.

― ¡Amor, no mames! ¡Qué amor ni un carajo!
― ¡Cálmate gueh! ― Le decía su amiga La Gioconda, como cariñosamente la llamaban.
― ¡Qué calmarme ni un ocho cuarto! Las mujeres como Rosaura no necesitan que las amen. Sólo necesitan sentirse importante para alguien, o en el peor de los casos, para varios. Sí, así es. No es mala onda ni nada, ni mucho menos despecho, pero es cierto.
― ¡Noooo! para nada es despecho. Te creo.― balbuceó la Gioconda con cierto aire de ironías.
― Ella necesita ser importantes para su doctor, para su terapeuta, para su maestro de yoga, para su maestro de piano, para su quiropráctico, para los maridos de sus amigas, para los de sus hermanas, para el profe de la materia más difícil que lleve su hijo en la preparatoria, y hasta para el socio de su propio amante. Claro, sin que éste se entere. El problema de ella es sentir que todo el mundo la admira, y que a todos se los trae con la baba colgando. Y no se te ocurra escribirle algo porque enseguida visualiza hasta lo que no es esté dentro del rango del espectro visible. Para ella los dos tipos menos importantes son su amante, es decir yo, y después su marido.

― ¿Quien te entiende…? ¿Cómo es posible que te auto-flageles tanto? ― exclamó La Gioconda
― No me estoy flagelando gueh… lo que pasa es que esto está muy complicado… no te creas que andar con una mujer casada es algo fácil. Hasta se vuelve un doctorado por la complejidad del tema. Porque cuando ya uno empieza a parecerse al marido, deja de ser algo sublime y se convierte también en un estorbo. En el último en la fila, ese que ya dice cosas incoherentes, ese que ya actúa como un vil amante prepotente y posesivo al que hay que tenerle miedo por el simple hecho de preocuparse por la que nadie en los últimos tiempos se ha preocupado. Carajo es como si se sintieran ofendidas cuando se sienten amadas.

― ¿Qué pasaría si estuvieras hablando con despecho? ― preguntó La Gioconda con cara de obra de arte. - ¡No, no... no es despecho, es lo que le sigue!

En ese momento el buen Rosendo no pudo articular palabras. Se acordó de su cruda realidad. En efecto era despecho lo que sentía el adolorido señor. Mucho despecho. Despecho por todos, por el mundo, por él mismo y porque en su triste nostalgia recordaba como nadie se acordaba de él. Fue la primera vez que pensó en su esposa, causante de que hoy fuera un hombre sin pene. Recordó aquellas palabras fulminantes― Veremos si tu amante te quiere así. ― le dijo mientras le degollaba el miembro y llamaba por teléfono a 911 para que vinieran los de urgencia.

En ese momento me acordé de nuevo de mi hija. ¡Que complicados somos los adultos! Hoy Micaela está en la cárcel, Rosaura ya se buscó un sustituto y Rosendo se quedó sin lo que más quería; su miembro.

sábado 30 de mayo de 2009

EL ANTICRISTO

Cuenta una leyenda que por allá de 1926 nació en Birán, un niño con poderes mágicos y según contó su madre, durante los nueve meses que estuvo en su vientre fue, lo que se dice, una autentica pesadilla.

No porque diera patadas, ni dejara de moverse, como lo hace cualquier feto normal, sino porque desde antes de fecundar al óvulo seleccionado, el futuro mortal hacía y deshacía a sus antojos. Y créanme, esto no es mentira. Existen escritos que dan fe de estas historias (que bien podrían ser fabulas), contadas por sus propios protagonistas. Pero como dice la nana del comercial de televisión, “Esa… esa será otra historia”.

Imagínese por un segundo lo que debe haber pasado esta madre, que desde que hizo el amor aquel día ― nueve meses antes del 13 de agosto de 1926― sintió que había quedado embarazada.

Todos empezaron a notar algo raro en ella desde que nació el bebé. Sus costumbres cambiaron y para sorpresa de su hijo mayor, en vez de comprar libros de cuentos infantiles para leerle, compraba libros muy raros: “El manifiesto comunista”, “El capital” y “Materialismo e empiriocritisismo”. Puros autores distinguidos. Cosa que al ya nacido niño no le gustaba nadita y escuchaba las lecturas, haciéndose el muy interesado para engañar a su madre. ― mientras jugaba con sus fantasías de andar por el campo, criar sus vacas y vivir en una hacienda apartada entre los verdes mogotes de una sierra ―. Lo sorprendente era que la señora para quien leía en realidad era para el feto que portaba en su vientre, quien cada vez ordenaba al subconsciente de su madre que buscara temas relacionados con el fascismo, las dictaduras y como llegar al poder desde la óptica de las revoluciones sociales.

Bueno, y para qué les hago el cuento largo. Resultó que el día de su nacimiento, la madre, al ver la fuerza de su mirada, la dureza de su rostro y la altanería en su sonrisa, se dijo: - Acabo de parir al mismísimo anticristo.

Y nada cambió al pasar de los años, las sospecha de aquella tierna madre se vieron hechas realidad. Aquel niño creció y creció de una manera incontrolable. Sus más fieles inspiradores; Adolfito, Benito (no el benemérito), Vladimir y Joseph Francisquito el español y por último, el chinito Mao, todos se quedaron cortos frente a la talla de su mejor alumno.

Pero algo les falló a sus maestros. Y de seguro estoy, su error fue el no haberse dado una vueltecita por el África a visitar a los Orishas. Hoy recuerdo aquel día en que perdido por la selva virgen, el niño ―ya no tan niño― llegó a ver al Babalao mayor y éste después de invocar a los ausentes le dijo en su lengua:
- Tú tá ser grande mijo. Tú tá viví hasta los 125 años y tú tá goberná todo un país, pero mijo, tú tá ser ambicioso y tú tá tené cuidao. Yo tá serte un trabajito y tú tá ve como funciona… tú vá vé que tá goberná hasta después de muerto.

Y sí que funcionó, porque ese niño que creció y creció, se convirtió no sólo en la imagen de sus inspiradores, sino que engañó al místico Babalao quien quería convertirlo en un hombre de bien. Pero no sólo al Babalao, sino también engañó a todo un pueblo, diciéndoles que traía en sus manos la libertad.

Y hoy nos resignamos a que si las predicciones del Babalao son ciertas, ¿cuánto más le queda en el poder sin trono al no místico dictador? Porque hasta casi vegetando hace un mes que prohibió los vuelos a México por causa de la infuenza. ¿Saben de quien hablo?... ahí se los dejo de tarea.
Ah… se me olvidaba… Birán no está en el medio Oriente, es un pueblo del Oriente de Cuba.

miércoles 27 de mayo de 2009

Un Homenaje a Don Mario


Mucho más grave
Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
y eso en verdad no es nada extraordinario
vos lo sabés tan objetivamente como yo.


Sin embargo hay algo que quisiera aclararte
cuando digo todas las parcelas
no me refiero sólo a esto de ahora
a esto de esperarte y aleluya encontrarte
y carajo perderte y volver a encontrar
y ojalá nada más.


No me refiero sólo a que de pronto digas
voy a llorar y yo con un discreto nudo en la garganta:
bueno llorá
y que un lindo aguacero invisible nos ampare
y quizá por eso salga enseguida el sol.
Ni me refiero sólo a que día tras día
aumente el stock de nuestras pequeñas
y decisivas complicidad

eso que yo pueda o creerme
que puedo convertir mis reveses en victorias
o me hagas el tierno regalo
de tu más reciente desesperación.

No la cosa es muchísimo más grave
cuando digo todas la parcelas
quiero decir que además de ese dulce cataclismo
también estas rescribiendo mi infancia
esa edad en que uno dice cosas adultas
y solemnes y los solemnes adultos las celebran
y vos en cambio sabés que eso no sirve
quiero decir que estás rearmando mi adolescencia
ese tiempo en que fui un viejo cargado de recelos
y vos sabés en cambio extraer de ese páramo
mi germen de alegría y regalarlo mirándolo
quiero decir que estás sucumbiendo mi juventud
ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos
esa sombra que nadie arrimó a su sombra
y vos en cambio sabés estremecerla
hasta que empiecen a caer las hojas secas
y quede la armazón de mi verdad sin proezas

quiero decir que estás abrazando mi madurez
esta mezcla de estupor y experiencia
este extraño confín de angustia y nieve
esta bujía que ilumina la muerte
este precipicio de la pobre vida.

Como ves es más grave muchísimo más grave
porque con éstas o con otras palabras
quiero decir que no sos tan sólo
la querida muchacha que sos
sino también las espléndidas
o cautelosas mujeresque quise o quiero
porque gracias a vos he descubierto
(dirás ya era horay con razón)
que el amor es una bahía linda y generosa
que se ilumina y se oscurece según venga la vida
una bahía donde los barcos llegan y se van
llegan con pájaros y augurios
y se van con sirenas y nubarrones.


Una bahía linda y generosa
donde los barcos llegan y se van
pero vos por favor no te vayas.


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Desde pequeño siempre fui amigo de los libros. Aventuras, cuentos y novelas rodearon mi adolescencia. Llegar de trabajar en el campo y subirme a la litera y sacar de abajo de la almohada el libro en turno, era uno de mis principales entretenimientos. A través de las clases de literatura, conocí la poesía y con ello a Don Mario Benedetti. Era una época muy difícil en Cuba e inclinarse a la buena lectura era una manera de olvidarse de todas las consignas y maniobras del gobierno. No era un tiempo de poesía y el amor se veía como pasado de moda. Había que entrarle al juego de ser como ellos o simplemente ser un enemigo de la revolución. Menos mal que nunca decretaron una ley que prohibiera leer, aunque se leía todo aquellos que una vez filtrado por el aparato no llegase a ser subversivo.


Como cualquier mortal fui creciendo y empecé a necesitar de esa interface que divide la transición entre ser niño y adolescente. Algo que irremediablemente detuviera el tiempo y me enseñara el camino. Por esos tiempos me tropecé con el romanticismo y el idealismo que empezaba a asomarse en nosotros. La generación revolucionaria que nació junto con la revolución. Y surge el movimiento de la nueva trova y con ello Silvio, Pablo, Sara y Amaury entre otros. Entonces un día escucho entre acordes “si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo…” y jugando a ser adulto, empecé a meterme en los líos del amor y fue cuando acudí a la ayuda de Don Mario para que facilitara mis conquistas y aparecieron los “Poemas de otros” y con él, mis Tácticas y mis estrategias. Eso no fallaba.


En cada poema de Don Mario encontraba esa parte de mí que hablaba en voz alta y hacían deslizar mi lápiz mientras desgarraba un sentimiento. Ahí me di cuenta que en cuestiones de amor, la cosa es mucho más grave. Porque sí. Cuando te das cuenta que cada una de las parcelas de tu vida tienen algo de ella la vida se torna diferente. O estas jodido o radiante, incluso, viceversa.


La vida es algo maravillosa si la viste de amor. Pasa rápido y sin darnos cuenta se nos va de las manos. La vida es como el tiempo, nos informa de que lleva prisa y quiere pronto terminar su carrera. Los amores seguían mientras transitaba por la preparatoria, la universidad y mi vida profesional. La pedagogía fue mi destino y gracias a ello llegue a México. Y así, mi vida, el tiempo y el periodo especial en Cuba continuaban su marcha agitada mientras yo escribía y escribía. Aquí conocí esa mágica manera de liberar los demonios y echar a andar nuestra fabrica de nostalgias.


Aquí también me volví a encontrar con Don Mario. En cada uno de sus poemas me veía reflejando un sentimiento, una lágrima, una letra. En cada uno de sus poemas me veía arropando una nostalgia, un suspiro contenido y un amor entre rejas.


Hoy se me ha ido el grande, pero me queda su legado el cual sabré llevar muy pegadito en estos momentos tan importantes para mí. Justo cuando el amor regresa, toca y se expande. Momento en que los poemas de otros se hacen de uno y los de uno se vuelven de otros.


Gracias Don Mario.


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