I
En realidad cargaba demasiadas culpas. Quería dejar atrás ese episodio de su vida, pero le era imposible. Sus miedos oscilaban entre una traición imperdonable, la ineptitud de su hermano, el egoísmo de su madre, la sombra eterna de una víctima y la desfachatez con que él mismo pregonaba a toda voz, que su mejor virtud era la honradez. ― Puedes confiar plenamente en mí. ― Decía a todos y todas. Tenía ese don de la palabra para conversar, enamorar y hacer creer que todo en él era real. Pero en realidad no se lo creía, como tampoco le creían quienes convivían muy de cerca con él. Vivía en una eterna fantasía donde su ego era el personaje más importante. ―Yo puedo hacerlo todo, para eso Dios me dio este privilegio. ― Y sin duda, el todopoderoso se excedió. Alberto llegó a pasarle por encima hasta a su propia sombra. ¡Qué digo sombra! ¿Me creerían si les cuento que el negocio que lo hizo transcender al salón de la fama fue el lucrar con el cuerpo de su esposa? Pero nada es eterno. Ahora llora entre los muros de su propio destino.
II
Juan de Dios vivió toda su vida enamorado de Delfina. Nacieron con una diferencia de 5 días, vivían en el mismo edificio, de niños compartían los mismos juegos, las mismas fiestas familiares y hasta cursaron juntos la enseñanza primaria y secundaria. Pero ella lo ignoraba, como le hacía a todos los hombres que tuvieran su propio signo zodiacal. “¿Yo, virgo con otro virgo? Ni a jodía”, gritaba la cubanita que por su figura hubiera sido la modelo perfecta para la inspiración de Wilson al dibujar sus criollitas.
Cuando Juan de Dios entró a la universidad se separó por 8 años de Delfina. Conoció otras mujeres y regaló a más de una, la falsa idea de creerse queridas por un hombre que fingía amarlas, pero que les daba placer pensando que se follaba a la mujer de la que siempre estuvo enamorado.
Pero la mayor desgracia de Juanito― así le decía Delfina― fue haberse hecho el mejor amigo de Alberto, y créanme, que eso hoy lo carga como uno más entre los tantos karmas que cuelgan de su espalda.
Un día, de esos en los que Alberto estaba falto de clientes para calentar y saciar la incontenible sed de Delfina, quien se había convertido en una experimentada (sexo servidora), para quién los hombres no servían más allá de un tiempo indefinidamente corto de placer aparente mientras pagaran por adelantado, claro está, Juanito le comentó:
― Oye acere, tengo un amigo extranjero que anda buscando una cubana para pasar una noche. Paga 100 dólares, se está quedando en mi casa y quiere que todo se haga con la mayor discreción posible.
― Pues que Delfina se vaya a tu casa y yo ni aparezco brother. Esta noche tú serás quien cobre y quien atienda el negocio. Te paso 10 dólares y yo aprovecho para irme de parranda, que falta me hace.
― ¿Tú estás loco? Yo no le entro a ese negocio acere.
― Brother, déjese de comer mierda que el dinero anda perdido y hay que inventar. Mira, tú estudiaste, ya te graduaste y… ¿qué carajo eres? No tienes un cabrón billete ni para vestirte. ¿No te da pena ser un muerto de hambre? ― Alberto empezó a usar sus estrategias de seducción. Sabía que lo que más necesitaba Juanito era dinero, así que no le sería difícil convencerlo. Y por su puesto lo logró.
III
Corría el año 95. Eran las 6 Am cuando se dispuso a abordar el avión con destino a la ciudad de México. Una extraña alegría iluminaba su rostro. Un rostro que mostraba la satisfacción de un sueño hecho realidad. Al llegar al último escalón de las escalerillas se volteó a mirar el peso de una vida que dejaba, sin saber, para siempre atrás.
Al sentarse en su asiento cerró los ojos y no puedo evitar retroceder el tiempo hacía la media noche.
― ¿Tú? Estás loco. ¿Cómo crees que voy a acostarme contigo?
― ¿Qué tiene que ver? Te estoy pagando de igual forma que paga un extranjero para pasar contigo una noche. Y créeme voy a pagarte el doble de lo que normalmente cobras.
― Pero…
Él no la dejó hablar. Sacó de su bolsa 100 dólares y se los puso en el escote, justamente entre los pechos.
― Dentro de seis horas salgo para México y no puedo perder la oportunidad de pasar unas horas contigo.
― Juanito…
Juanito abrió los ojos y volvió a su realidad. Detuvo su mirada a contemplar un amanecer habanero mientras una sonrisa, que nunca imaginó que duraría tan poco, se dibujó en sus labios.
Posiblemente a esa hora Delfina agonizaba entre la vida y la muerte y Alberto era conducido a la jefatura de policía del barrio de Centro Habana por haber apuñalado a su esposa. Nunca sintió celos cuando la vendía sin escrúpulos a un extranjero, pero cuando se enteró que su mejor amigo lo había engañado miserablemente y pagado para estar con su mujer, fue dominado por la ira.
Juanito nunca más regresó a Cuba y Delfina murió después de conocer por primera vez en su corta vida, que se sentía al entregarse a un hombre que verdaderamente la amaba.



